26/09/2022

La génesis de Relojes y Gansos

Westford Manor, posiblemente. Al fondo, el laberinto vegetal.

«Era una noche de noviembre de 1920. Llovía. Yo había sido invitado a un banquete en la mansión de Sir James Lockford, uno de los hombres más ricos de toda Inglaterra.»

Inicio de la versión 0 de De relojes y gansos. Inicio de todo, en realidad.

Así empezó, en una tarde (no recuerdo si lluviosa o no, pero sí soporífera) de la primera mitad de los 1990, lo que en junio de 2021 vería la luz como De relojes y gansos. Recuerdo bien el instante: una clase de geografía, a la hora de la siesta. Mi mente adolescente1¿Pre-adolescente? Nunca supe la diferencia., incapaz de mantener la atención, comenzó a divagar en busca de más verdes praderas de las que se me ofrecían en aquella pizarra. Cinco cuartillas que aún conservo. El Génesis más absoluto.

El inicio.

Recuerdo bien que le enseñé estas cuartillas a mi compañero del pupitre de atrás. «Mira, he escrito una historia», dije. «Esto no es una historia», me respondió tras haberla leído, con gesto asombrado. «Es un libro». 

Creo que en ese momento nací como escritor.

He querido escribir desde antes de tener uso de razón. Recuerdo bien mi sorpresa y mi placer al descubrir el sentimiento de libertad que se abría en mi mente con algo tan barato como pasar el boli por aquellas cuartillas escolares. Y recuerdo muy bien otro momento inaugural, de aquella misma época: la lectura de El nombre de la rosa, mi primera novela seria. La devoré: me veo claramente empapándome de aquel novelón de seiscientas páginas de la editorial Lumen, en la que unos monjes benedictinos, apartados literalmente de un mundo exterior fiero e inculto, dedicaban sus días a asuntos irrelevantes para la multitud que vivía fuera: los libros, la hipotética risa de Jesucristo, el vocativo de ego. Asuntos por los que estaban dispuestos a cualquier cosa.

Una metáfora perfecta.

¿En qué momento aquellas cuartillas se conviertieron en De relojes y gansos?

Llegó un momento en que el deseo de escribir seriamente, como un objetivo vital, eclosionó en mí. Anduve buscando innumerables hilos para construir una historia, algo que fuera tangible, que me permitiera dejar atrás la etapa de los ejercicios de estilo. Sin ningún fruto.

Incluso se me apareció de la nada, volviendo a casa solo tras una noche de farra, lo que sería el título: De relojes y gansos. Me sonó carrolliano, pensé en tableros de ajedrez y juegos de espejos y gansos, en vez de conejos, blancos. Pero no sabía qué debía haber detrás. Y este título, como tantos otros, quedó acumulado junto al resto de retales, esperando su hora.

Pasaron años hasta sentirme capaz de acometer la tarea.

Hasta que un día me planté (algo muy típico en mí) y me dije: ya está bien. Tengo que escribir algo. Algo con principio y fin.

Evidentemente, tenía que escribir sobre algo de lo que entendiera. 

Pero, claro. ¿De qué cojones entendía yo?

Hasta que vi claro, clarísimo, algo de lo que entendía.

De la sensación de frustración enorme con la que me levantaba por la mañana después del noventa por ciento de las veces que salía de juerga.

Entonces redescubrí, haciendo arqueología, mis cuartillas escolares. Y me dieron el leit-motiv. Leyéndolas hoy puedo decir que el ochenta por ciento de la trama, si no más, estaba ya allí. 

Estoy aquí.

Quería una novela carrolliana. Quería una novela que bebiera de las fantasías lisérgicas de los Beatles. Quería un homenaje a las historias de fantasmas que tanto me habían perturbado desde la niñez2Como por ejemplo, los libros Casas encantadas, fantasmas y espectros de Eric Maple y Lynn Myring. Biblioteca de lo desconocido, todo sobre fantasmas, de Christopher Maynard. La serie Sombras en la oscuridad, especialmente los capítulos La señora de la dama de la campanilla (basado, supe décadas después, en un espléndido relato de Edith Wharton) y otro llamado The Intercessor, conocido por mis allegados como La niña. Y otros hitos como el capítulo Tatuaje de la serie Misterio, protagonizado por Dirk Benedict (Fénix en el Equipo A). Y, en un tono más amable, pero capturando la esencia, el capítulo del fantasma de Nils Holgersson.. Quería diálogo, mucho diálogo, y que fuera el diálogo el que pintara a los personajes. Y quería una reunión de amigos en que todo el mundo acabara jodido.

Y tenía, en mi colección de títulos sin destino, uno que venía como anillo al dedo para aquella mezcla. De relojes y gansos.

Y así fue como nació la novela. 

¿Eso estaba ahí anoche?

Fue la época en que leí, prácticamente seguidos, tres libros que habrían de condicionar mi manera de escribir: El gran Gatsby, Todo modo y El jugador. Fue la época también de La torre de los siete jorobados, tanto del libro (Carrere) como de la película (Neville). Y La ciudad vampiro de Paul Féval. También fue la época de Los amigos de Peter y de Las invasiones bárbaras. Y de las Confesiones de un inglés comedor de opio. Y fue la época en que conocí a Buñuel: Un perro andaluz y Viridiana, sí, pero las que más influenciaron la novela fueron El ángel exterminador y El discreto encanto de la burguesía. Y, por supuesto, La grande bouffe. Y también mi descubrimiento del cine de Renoir. También fue la época de las mejores películas de Almodóvar. Y la época en que vi todo Woody Allen, pero adoré especialmente Maridos y mujeres. Y, claro, Tarantino. 

Todos ellos dejaron huella en mi libro.

De relojes y gansos tuvo, pues, su versión cero a principios de los 90, una primera versión a finales del siglo XX, y un continuo de cambios y mejoras hasta llegar a la última, definitiva, terminada en 2019 y que vio la luz finalmente en 2021. Un proceso de maduración quizá demasiado largo. O quizá necesario.

A modo de postdata. Aunque varios de los personajes del libro existen como prototipo desde la versión escolar, hay uno que me lleva acompañando sin cambiar, quizá solo envejeciendo conmigo, desde aquella lejana tarde en una aburrida clase de geografía:

Aquel fue el principio de una hermosa amistad.

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