01/10/2022

Pequeñas películas de mi vida I

Dando vueltas a los títulos que han de integrar mi serie Las películas de mi vida1Que, por cierto, consta de más de 60 títulos largos. Ya irán conociéndolos., he descubierto que muchas de las obras que más me han influenciado son pequeñas películas. Me refiero a cortometrajes, escenas de películas, capítulos de series. Fogonazos inscritos en mi memoria.

Decidí, entonces, dedicar un artículo a todas ellas. Con el fin de darlas a conocer, con el fin también de ver mis pequeñas influencias contenidas en una sola página. El problema fue que incluso esta lista de pequeñas películas empezó a crecer más allá de los límites naturales de un artículo, así que he decidido romperlo en dos partes: las pequeñas películas de mi infancia, y las pequeñas películas de mi vida adulta.

Ambas listas son, necesariamente, distintas. Supongo que la lista de mis pequeñas películas adultas será más canónica, también supongo que coincidirá con alguna de las de mis lectores. Supongo, también, que les llegarán más dentro al verlas por primera vez, o al recordarlas.

Las obras que marcan a uno en la infancia, sin embargo, tienen un componente de aleatoriedad muy importante. Así que bien podría resultar que lo que para mí tiene un sentido casi vital, a usted le resulte casi indiferente. Cuando no estúpido.

No lo sé. Me pregunto si se parecen más entre sí las vidas adultas o las infancias de la gente. O, al menos, entre mis lectores. Dentro de lo muy distintas que pueden llegar a ser.

Las obras de la madurez las disfrutamos a través de un prisma cultural, de un prisma que nos lleva a juzgar. Unas gafas polarizadas que ya llevan incorporado lo que es bueno y lo que malo, en sentido moral y en sentido de calidad. Pero la mirada del niño no se deja llevar por nada de eso: como una esponja que solo absorbe datos, absorbe y luego interpreta. Y luego se le enseña a interpretar.

En cualquier caso, me da igual. Me dispongo a hablar de lo que me influenció de niño. Quizá encuentren influencias de ello en mi obra posterior. Quizá les recuerde a sus querencias de la infancia, sobre todo si son de mi generación. O, quizá, simplemente, resuene de alguna manera con sus recuerdos, aunque estos no tengan nada que ver con los míos.

Creo parcialmente en el precepto de Umbral según el cual la manera más precisa de hablar de la Humanidad es hablar de uno mismo. Aunque es cierto que este axioma ha generado una cantidad de basura innecesaria y onanismo importante, también me parece que voy a entregarme a él. Una vez más.

Es, ya saben. Difícil escapar.

El horror, el horror

Lo que está claro es que las imágenes que marcan a uno de una manera más perenne, más profunda, tienen lugar irremediablemente en la infancia. El momento en que el cerebro se está formando es, como saben, el momento más propicio para dejar caer en él una semilla y dejar que eche raíces. Y las semillas, en mi caso, fueron las semillas malditas de género de terror.

Por algún motivo, el terror era mucho más visible en la televisión en aquella época. En los primeros ochenta en España era fácil encontrarse con películas y series de terror en la tele, incluso a las cuatro de la tarde. Pronto descubrí la increíble paradoja de este genéro: cómo el pasarlo mal era pasarlo bien, cómo la visión de algo horrible te condena a una noche de pesadillas y a correr muerto de miedo por el pasillo de casa. Lo sabes, y quieres evitarlo a toda costa. Pero, a pesar de eso, no puedes dejar de mirarlo.

Y así marcaron mi infancia escenas de películas que solo vería completas ya de adulto. Como la escena de las niñas de El resplandor (1980) y su abismal Danny, ven a jugar con nosotras:

Ven a jugar con nosotras.

O el vampiro entrando por la ventana en El misterio de Salem’s Lot (1979).

También me marcó poderosamente la serie Misterio (1984), que incluía capítulos como Juego de niños o Tatuaje:

Muchas veces asomaba el terror en series infantiles, y la correspondiente escena quedaba grabada en mi memoria. Como en este capítulo de Nils Holgersson (1981):

O esta terrible escena de Dragones y mazmorras (1983). Puro terror psicológico en que cada personaje se enfrenta en el espejo al peor de sus miedos:

El capítulo entero es muy recomendable y puede encontrarse aquí.

Algo más mayorcito, tuve ocasión de entender con Historias de la cripta (1989) lo enredados que pueden llegar a estar el terror y el humor. Mi capítulo preferido es Muerte inmunda, protagonizado por Kyle MacLachlan (el actor de Twin Peaks y Terciopelo azul) y podéis encontrarlo entero aquí. La presentación del capítulo es una muestra de lo que estoy hablando:

Por favor, reserven media hora de su vida para ver el capítulo entero si es que no lo conocen.

Sombras en la oscuridad

Pero si tengo que elegir una serie que me ha marcado para siempre, esa es Sombras en la oscuridad (Shades of Darkness, 1983). Se trata de una serie inglesa de terror gótico, que mucho más tarde supe que eran adaptaciones de relatos de autores victorianos como Edith Wharton. Me recuerdo perfectamente, con seis años de edad, mirando acojonadísimo la pantalla del televisor (emitían los capítulos, increíblemente, a las 3 de la tarde), deseando huir pero al mismo tiempo incapaz de apartar la vista ante imágenes como estas:

O estas:

Creo que no exagero si digo que gran parte del desarrollo posterior de mi vida se debe a haber visto esta serie de niño.

Tuve ocasión de hacer un pequeño homenaje al episodio The Maze (El laberinto) en mi novela De relojes y gansos. La serie entera está en YouTube y recomiendo encarecidamente que la vean (¡recuerden que se pueden activar los subtítulos automáticos!).

Esa extraña melodía de los jueves. Y los vampiros de tinta

Es imposible deshacerse de lo que nos marcó en la infancia. No quiero olvidar aquí el capítulo de Planeta imaginario de los vampiros de los libros. Sigo recordando con envidia a esos vampiros que absorbían un libro en minutos, solo clavando los colmillos y chupando su tinta. No es rara la ocasión en que, aún hoy, sigo fantaseando, cuando tengo un libro en mis manos, con hincarle el diente y exprimir a fondo su contenido:

Esa melodía.

Dejo para el final, por lo impactante y lo relevante, otra de las películas que me marcaron en la niñez. No es un corto, pero no he podido evitar pensar en ella al repasar todos las películas que me marcaron en mi infancia.

Cuando el viento sopla (1986) es una película de dibujos animados basada en una novela gráfica del recientemente fallecido Raymond Briggs. Se trata de la película más terrorífica jamás rodada sobre los efectos de un ataque nuclear. Vean el trailer, y escalofríense:

Pueden ver la película completa aquí. Huelga decir que no deben dejar de hacerlo.

Y con esto les dejo. Disfruten de sus días.

Y sí. Continuará.

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