06/12/2022

El horror ancestral de los cuentos de niños

En el imaginario colectivo, los cuentos de hadas llevan la imagen que les dio Walt Disney a mediados del siglo pasado. Queda en nuestras mentes un universo amable, lleno de canciones, princesas, príncipes azules, animales (y objetos) que hablan, canciones interminables y sonrisas histéricas. Un universo que para algunos trae entrañables recuerdos de la infancia, pero para otros es una suerte de propaganda capitalista camuflada en las páginas de un libro, una especie de Norman Rockwell para el público infantil que transmite lo insuperable del producto americano.

Sin embargo, estos cuentos de hadas son solo una versión. Una versión edulcorada de los cuentos que popularizaron los hermanos Grimm.

Jakob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm fueron dos investigadores del folklore germánico que publicaron en 1812 Cuentos para la infancia y el hogar, una recopilación de relatos populares del entorno burgués de Kassel. Fue una recopilación de cuentos a la que se quiso dar un carácter marcadamente alemán: eran los años del Romanticismo y de la creación del espíritu nacional en medio de las guerras napoleónicas. Así, lo que se inició como una recopilación llevada por una motivación ilustrada y erudita, acabó convirtiéndose en una búsqueda y reivindicación de las raíces de la cultura alemana frente al invasor francés. Ellos mismos se consideraban en su origen como folcloristas patrióticos y no como escritores para niños.

Hansel y Gretel. Arthur Rackham, 1909.

Los cuentos de los Grimm fueron pasando por sucesivas reediciones. En cada una de esas reediciones se fue marcando más el carácter alemán (de hecho, cuentos como El gato con botas o Barbazul, que estaban en la primera edición de 1812, fueron desapareciendo por ser considerados demasiado franceses1Aunque Barbazul también desapareció por no ser considerado apto para niños. Un cuento fascinante, por cierto, que fue reimaginado por Angela Carter en su exitosa La cámara sangrienta y que, de hecho, aparece (en una forma ligeramente distinta) como un cuento ¡inglés! en su recopilación Cuentos de hadas de Angela Carter [4] bajo el título El señor zorro.). Pero un cambio mucho más relevante fue teniendo lugar: la primera edición no estaba dirigida al público infantil, y de hecho apenas vendió unos cientos de ejemplares al año. Fue a partir de la edición de 1825, ilustrada por el tercer hermano Grimm (Ludwig)2Véase un excelente artículo sobre el tercer Grimm aquí. y esta sí dirigida a los niños, cuando descubrieron el auténtico potencial de su obra. Esta edición sí fue un éxito comercial y les abrió los ojos sobre lo que debían hacer para ampliar su difusión.

Frente a la edición de 1812, cuyos cuentos eran más toscos y estaban llenos de violencia y alusiones sexuales, las ediciones posteriores fueron refinándose y eliminando estas referencias, hasta llegar a la edición de 1857, llamada Cuentos de hadas de los hermanos Grimm, que es la que ha acabado consolidándose como la canónica (y la que a la postre influiría decisivamente en las versiones de Disney).

Interesantemente, esto coincidía con un cambio social que estaba teniendo lugar en Europa (y también en los recién nacidos Estados Unidos). La modificación y edulcoración paulatina de los cuentos se debe a un

[…] afán de ir adaptando más y más los cuentos al gusto de la época y de los destinatarios de los cuentos: las familias cristianas y burguesas de la Alemania del siglo diecinueve. Y es que, si en 1812 todavía nos movemos en la época del Romanticismo (sin cuyo gusto por el folklore, la fantasía, y el despertar de un fuerte sentimiento nacional frente al invasor francés, no se entenderían estos cuentos), con el correr de los años y la restauración monárquica que se produce en Europa tras la derrota de Napoléon, el ambiente se va aburguesando y surge lo que se conoce en Alemania como época y estilo Biedermeier, esto es, el epítome del gusto y del imaginario pequeño-burgués. […] La decepción política recluye a amplios círculos de la burguesía en la esfera íntima y privada de la familia, y es ese ambiente pequeño-burgués el que la literatura de la época retrata fielmente […].

Helena Cortés Gabaudan. Del prólogo de [1].

Investigaciones posteriores [1] han puesto de manifiesto que muchas de sus fuentes no eran enteramente populares (los relatos carecían, por ejemplo, de innumerables referencias escatológicas que habrían figurado en las versiones más populares), ni orales, ya que sus fuentes recitaban, a veces de memoria, los cuentos del francés Charles Perrault (1628-1703), publicados en una recopilación llamada Los cuentos de Mamá Ganso3Perrault publicó esta recopilación, que fue un éxito comercial, a la tardía edad de 67 años. Es, por otra parte, lo único de su extensa producción literaria que se lee hoy en día. Y no me resisto a compartir este apunte biográfico de Perrault, encontrado en la Wikipedia: «El autor escribió un total de 46 obras, ocho de ellas publicadas póstumamente, entre las que se halla Memorias de mi vida. A excepción de los cuentos infantiles, toda su obra se compone mayoritariamente de loas al rey de Francia.» (1697). Pero de nuevo, aunque el libro de Perrault contiene algún relato original (o que al menos no se ha encontrado ninguna traza de que no lo sea), como Caperucita Roja, la mayor parte de los relatos tienen sus orígenes en el remoto folklore europeo… o incluso más allá. El cuento de Cenicienta, recopilado por los Grimm y también por Perrault, tiene elementos que nos remiten a Las mil y una noches y a la China del siglo IX. Sería, pues, una de esas historias manoseadas hasta el infinito y relatadas por innumerables mercaderes de las que hablo aquí.

Podemos sacar dos conclusiones de todo esto. La primera, que los cuentos infantiles tienen un origen confuso y lo que leemos (o vemos en la pantalla) hoy son versiones de versiones de historias cuyo origen, en su mayoría, se pierde en la noche de los tiempos. Historias tan poderosas que están prácticamente tatuadas en nuestro ADN, y por eso tienen un poder de seducción tan profundo. Historias que se han podido contar de mil maneras y por tanto no deben su éxito a una colocación de las palabras más elaborada o a un adjetivo más exacto. Historias que son lo que son porque apelan a lo más profundo de nosotros. Historias que se ríen de la vanidad del escritor que las creara en un origen, y que más bien reclaman, cada vez que reaparecen, a un cuentista que esté a la altura.

Y la segunda es que según nos alejamos en el tiempo nos vamos encontrando con versiones más cruentas. Incluso los Grimm (cuya edición de 1812, como veremos más abajo, era bastante más hardcore que las historias de Disney que conocemos hoy día) habían suavizado a Perrault: por ejemplo, en Caperucita Roja (un cuento con unas connotaciones sexuales evidentes) el lobo devora sin más contemplaciones a Caperucita y a la Abuelita, y no existe el personaje del cazador que viene a abrir con unas tijeras la panza del lobo para rescatarlas4Debo decir con estupor que me he encontrado recientemente alguna versión de este cuento escrita en nuestro siglo XXI, en la que el cazador es un leñador y, por supuesto, el lobo no devora a nadie (ni muere: el leñador se lo lleva herido y creo recordar que lo amonesta). The sign of the times..

Esto es reflejo de unos tiempos no tan lejanos en que la vida era más dura que hoy, y tenía mucho menos valor. Tiempos en que la muerte estaba mucho más presente, y no era un tabú que debía ocultarse a los niños (ni a los adultos). Tiempos más ingenuos, y a la vez mucho menos ingenuos.

Hay pocos reflejos más claros de la realidad de los siglos pasados que los cuentos de los niños.

Blancanieves y los siete pobres diablos

La idea de esté artículo se me ocurrió viendo, recientemente, la versión de Walt Disney de Blancanieves y los siete enanitos (1937), y comparándola después con la versión de los Grimm de 1812. Y aunque este ejemplo es idóneo para hablar sobre cómo el cine de Disney ha creado un icono en nuestras mentes que es solo una sombra del relato original, mucho más poderoso y sugerente, me van ustedes a permitir un pequeño détour para hablar de la película en sí, pues también encuentro en ella aspectos que considero reseñables.

Blancanieves. Cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Otto Kubel (1930)

Blancanieves y los siete enanitos tiene la fama de ser el primer largometraje de dibujos animados de la historia, pero no lo es: el honor lo tiene El apóstol (1917) del argentino Quirino Cristiani, y hubo unos cuantos más. Pero sí es el primero sonoro y en color, y el que inventó toda una manera de narrar las historias infantiles: la manera de Disney, la manera del siglo XX.

En la película se descubre el encanto de un arte que nace, y conserva algún rasgo deliciosamente amateur. Por ejemplo, al principio de la película aparece un rótulo en que el propio Walt Disney agradece personalmente a todos quienes han contribuido a la creación de la obra. Un detalle que, sea sincero o no, refleja un concepto artesano de aquel esfuerzo colectivo muy lejano de la concepción industrial que asociamos actualmente con la marca Disney5Disney, por cierto, apostó su fortuna personal en este proyecto, al que pocos en la época veían sentido, entre otras cosas por su excesiva duración para una cinta de animación (83 minutos)..

La cinta contiene en ella el germen del imperio que habrá de venir, pero también se detecta la huella aún no desaparecida del siglo XIX, ausente completamente en los filmes posteriores. Y, aunque innegablemente lleva el sello del Disney futuro, siento que su edulcoración es menor que en sus siguientes películas. Por poner un ejemplo, la madrastra habla abiertamente de enterrar viva a Blancanieves.

Vean, por ejemplo, el siguiente fragmento:

¿No detectan en estos dibujos las huellas de la fantasía gótica, de un siglo XIX que se resiste a desaparecer? O ese tono tan de Cumbres borrascosas. ¿Y no sienten esa teatralidad de barraca de feria, de tren de la bruja, ese ambiente tan decimonónico de los circos? O qué me dicen de la transformación de la malvada reina en bruja:

¿No les recuerda poderosamente a la absenta que tanto inspiró a los poetas simbolistas? ¿No ven ahí claramente al cuervo de Poe? Aunque hay mucho también del principio del siglo XX: la influencia del primer cine de terror, del primer Jekyll y Hyde, de Drácula bajando por la escalinata. Esa estética que es deudora del expresionismo alemán. Y qué me dicen del vestido de la reina, deliciosamente art decó. Veo, en definitiva, la obra de alguien que estaba creando su estilo, y que no era ajeno a las corrientes estéticas que le rodeaban. Disney como artista, antes de convertirse en responsable de la factoría.

Pero sí. Es Disney, después de todo, y la historia que nos trajeron los Grimm quedó completamente edulcorada. Vean, por ejemplo, cómo tratan estos la escena del cazador:

El cazador se llevó a Blancanieves y la condujo al bosque, pero cuando hubo sacado el cuchillo de monte y estaba ya a punto de clavárselo, ella empezó a llorar y a suplicar tanto y tan bien para que le perdonara la vida y tanto le encareció también que no regresaría nunca jamás, sino que huiría al interior del bosque, que el cazador se apiadó de ella al verla tan hermosa y pensó: «al fin y al cabo los animales salvajes pronto la devorarán, me alegro de no tener yo que matarla», y como justo en aquel instante pasaba por allí un jabato, lo abatió, le sacó los pulmones y el hígado y se los llevó como prueba a la reina, que los guisó con sal y se los comió creyendo haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves.

Hermanos Grimm. Blancanieves (1812). Incluido en [1].

Es interesante resaltar también que en el original de los Grimm la reina es la madre de Blancanieves, y no su madrastra. Es su propia madre, así, quien la condena a muerte por rivalizar con ella en belleza. Y quien, por ende, se come el corazón y los pulmones del jabato creyendo que se come los de su hija. Algo completamente in-disney-zable.

Otro ejemplo: la manera en que Blancanieves resucita (literalmente) es muy distinta en el relato de lo que se ve en la película:

Entonces [el príncipe] les rogó a los enanitos que le vendieran el sarcófago con Blancanieves muerta dentro, pero ellos no quisieron venderlo ni por todo el oro del mundo. Entonces les rogó que se lo regalaran y les dijo que él ya no podría vivir sin contemplarla y que la honraría y la enaltecería como los más preciado en este mundo. Entonces los enanos se apiadaron de él y le dieron el sarcófago, y el príncipe mandó transportarlo a su castillo y lo colocó dentro de su alcoba, y él mismo se pasaba allí todo el día y no podía apartar de ella sus ojos; y cuando tenía que salir y dejar de ver a Blancanieves se ponía triste, de modo que ya no podía probar ni un bocado si el ataúd no estaba a su lado. Pero los criados, que tenían que estar siempre llevando el ataúd de un sitio para otro, estaban enojados, hasta que un día uno de ellos abrió el ataúd, levantó en alto a Blancanieves y dijo: «Por culpa de esta muchacha muerta nos andan atormentando todo el día», y le dio un empujón en la espalda con la mano. Y en ese mismo momento salió fuera el trozo de manzana que ella había mordido y que se había quedado atravesado en la garganta y de pronto Blancanieves estuvo viva otra vez.

Hermanos Grimm. Blancanieves (1812). Incluido en [1].

Este esplendor necrófilo (y con cierto humor negro) no tiene mucho, por tanto, que ver con esto:

Y, si la versión de los Grimm les parece siniestra, esperen a conocer los hechos reales en los que pudo haberse basado el cuento. Que, recordemos, es una leyenda centroeuropea que los hermanos Grimm no hicieron sino recopilar. Por ejemplo, el artículo de la Wikipedia da inquietante explicación a la presencia de los enanos:

El camino de huida de Blancanieves «sobre las siete montañas» era el Höhenweg, mencionado ya en el siglo XIV –la llamada Wieser Straße–. Desde Lohr, a través de este trayecto, por las siete montañas del Spessart, se podía alcanzar el pueblo minero de Bieber, cuyos trabajadores eran de talla pequeña o, más probablemente, niños que extraían el metal de los túneles más estrechos. Alrededor de 1750 picaban allí unos 500 mineros en busca de plata y cobre.

[…]

Respecto a los siete enanitos, Sander coincide en que se trataría de niños desnutridos y envejecidos prematuramente por el trabajo en las minas de hierro, en este caso las de las propiedades de los von Waldeck. Debido a su pobreza, estos niños vestían largos abrigos y gorros muy parecidos a aquellos con los que se suele representar a los siete enanitos. Sander además asegura que a la condesa [persona real en quien pudo haberse inspirado el personaje de Blancanieves] le gustaba jugar con estos niños.

Entrada de la Wikipedia sobre Blancanieves.

Piensen en esos pobres niños cuando vuelvan a ver a los enanitos.

Los cuentos de hadas como herencia de un pasado ancestral y terrible

Los cuentos de niños son, pues, leyendas de un tiempo que reflejan realidades muy distintas de las de hoy. Mundos donde uno podía morir en cualquier momento, donde la muerte estaba mucho más presente, donde la vida tenía por un lado un significado más pleno pero, por otro, tenía mucho menos valor.

Un mundo donde además no había tantos remilgos al comunicar esto a los niños. Tampoco el concepto de familia es el que se tiene ahora: un hijo, al menos entre los campesinos de los que descendemos la gran mayoría de la población europea, era pura mano de obra. Había que tener muchos hijos, pues la probabilidad de que murieran era alta, y así los hijos eran el activo más valioso que tenían nuestros antepasados para poder no ya prosperar, sino simplemente sobrevivir. La imagen del mundo anterior al siglo XIX que transmiten estos cuentos es, pues, poderosísima.

Pero no solo eso.

Los cuentos infantiles resuenan en lo más profundo de nuestra mente como ecos de un pasado ancestral, de la misma manera que resuenan las pesadillas. Anclados en el subconsciente de la humanidad, los cuentos de niños encierran en su seno un secreto oscuro, pulsan cuerdas olvidadas en nosotros, apelan a traumas lejanos, enquistados en el sustrato más remoto de nuestra memoria. Historias de hace siglos, quizá milenios.

Leí una vez que los ogros de los cuentos no eran sino el recuerdo remoto de los neandertales que una vez poblaron la tierra, que una vez convivieron con nosotros. Quién sabe.

La noche del cazador (1955), de Charles Laughton.

Piensen, por ejemplo, en el cuento que es para mí el más terrorífico de la larga lista de terroríficos cuentos infantiles: El flautista de Hamelin. Esa historia de un misterioso extranjero que liberó a un pueblo de las ratas que lo infestaban, por medio de la extraña melodía que tocaba con su flauta. Los animales seguían su música, hechizados, y el flautista los arrastró hasta un río, donde se ahogaron. Volvió al pueblo a cobrar su recompensa, pero los vecinos se negaron a pagarle. Entonces, como venganza, el flautista volvió a tocar, encantando esta vez a los niños del pueblo, y se los llevó consigo para no volver nunca más.

¿Qué horrible realidad habrá detrás de este cuento?

The Pied Piper of Hamelin. James Elder Christie (1881)

Adoro las obras que capturan, de alguna manera, este horror. Ese horror preternatural que recuerda a las pesadillas, ese horror que nos llega tan dentro. Ese horror que aflora incluso en las versiones más edulcoradas de los cuentos. Ese miedo que no depende de que las palabras se coloquen de un modo u otro. Ese perfume maldito que tienen los cuentos de hadas y que habla de nuestros miedos más profundos, más arcaicos, más primigenios. Ese miedo prístino que es tan real, que es tan verdad.

Esa parte oscura que habla tanto de nosotros, y que es imposible ocultar.

Ni siquiera por Walt Disney.

The Pied Piper of Hamelin. John La Farge (1868)

Bibliografía

Sin intentar en ningún modo ser exhaustivo, y con el único objetivo de regalar al lector interesado (pero poco conocedor del tema, como yo mismo) un hilo del que tirar, presento una pequeña selección de recopilaciones de cuentos en los que prima la cercanía a lo que pudo ser el cuento original. Todos ellos incluyen una detalladísima introducción para sumergirse, si se desea, en el inmenso y apasionante mundo de los cuentos infantiles.

[1] Los cuentos de los hermanos Grimm tal como nunca te fueron contados. Primera edición de 1812. Edición de Helena Cortés Gabaudan. Editorial La Oficina, 2019

[2] Franz Xaver von Schönwerth. La princesa de las remolachas y otros cuentos populares inéditos. Edición de Erika Eichenseer. Alba Clásica, 2018.

[3] Sybil Marshall, The Book of English Folk Tales. Duckworth Overlook, 1981.

[4] Cuentos de hadas de Angela Carter. Recopilación de cuentos populares de todo el mundo realizada por la propia escritora. Impedimenta, 2016.

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