26/06/2022

La pelota de la poli y la pistola de Chejov

¿Saben? Cuando no tenía más de seis años, fui con el colegio a visitar unas instalaciones de la policía. Mis recuerdos de aquella visita son enormemente vagos, aunque menos vagos que otros muchos de aquella época. Eran los años de los maderos: lo que entonces se conocía como la Policía Nacional, el cuerpo de policía de la transición democrática que iba vestido de marrón madera.

De esa visita solo recuerdo a un tipo huyendo con un traje protector, y a un pastor alemán corriendo a morderle el culo ante el jolgorio generalizado de mi clase. Y recuerdo, sobre todo, la pelota de goma con que nos obsequiaron a cada niño a la salida del evento. Una pelota de goma negra, con unas características de rebote formidables, que la hacían ideal para todo tipo de juegos. Muchos años después habría de saber que estas pelotas son las que la policía utiliza para dispersar manifestaciones, y que en algunos casos han generado horribles lesiones y pérdidas de ojos. Era un arma, al fin. Pero para mí era un juguete, y uno de mis preferidos.

Increíblemente, de todos los juguetes que tuve con seis años, diría que solo ha llegado hasta mi yo actual esa pelota. La tengo junto a mí, en mi mesa, mientras escribo estas líneas, observándome desde el otro lado de mi vida. Mi negra y redonda magdalena de Proust. Sigue siendo negra pero al mismo tiempo reluciente, esférica como el horizonte de sucesos de un agujero negro, emitiendo serenamente su radiación de Hawking. No ha perdido, aparentemente, ni un ápice de su capacidad de bote. Siento que ha cruzado, como decía Drácula, océanos de tiempo para llegar hasta mí.

Gary Oldman dijo que volvería a rodar Drácula otra vez, solo para volver a tener la ocasión de pronunciar esa exquisita línea de diálogo.

Y, ¿por qué diablos me he acordado ahora de esa pelota? Pues porque esa pelota, ese heraldo del pasado remoto, que ha estado los últimos casi cuarenta años sin hacer nada salvo ofrecerse de cuando en cuando para una morigerada sesión de rebote, ha encontrado su sentido en la vida.

Hace poco me fue revelada la maravilla de que con una pelota de tenis o de lacrosse se podía uno autorealizar gloriosos masajes en la espalda contra una pared, con el fin de desbloquear las contracturas producidas por la postura o el ejercicio. Es algo casi místico: atrapada entre la espalda y la pared, la pelota va buscando los puntos críticos donde se debe masajear. Son puntos extremadamente localizados y que duelen como un demonio, cuando todos sus aledaños son insensibles al paso de la bola curadora. Una vez localizados, el masaje de la pelota va convirtiendo el dolor descomunal en algo más llevadero, y uno siente como el nudo gordiano de la contractura va deshaciéndose como un azucarillo en un café.

Pronto descubrí que las pelotas de tenis no eran óptimas para este cometido, por su escaso agarre a la pared. Debía comprarme una pelota de lacrosse1Ese deporte totalmente ignoto para mí hasta que entré en contacto con un tipo experto en el tema en 2014 o 2015, un tipo que me ofrecía trabajo. Tuve que aprenderme las reglas a toda leche el día anterior, por si salía el tema en la entrevista. Y salió, aunque solo brevemente, y la entrevista fue fatal. Tampoco me interesaba mucho ese trabajo, por otro lado. Creo. Me pregunto si hay alguna moraleja extraíble de este episodio.. Eso, o rebuscar un sustituto entre lo que tenía. Y así volvió a mi vida la pelota de la poli, con un cometido inusitado.

Un poli me regala una pelota de goma a principios de los ochenta para que, de la manera más barata posible, mi yo de mediana edad pueda curarse de las contracturas en la espalda producidas por el esfuerzo en el gimnasio.

Este hecho de la vida, aparentemente tan trivial, me lleva a lo que se conoce como la pistola de Chejov. Y es que Chejov, el maestro del cuento, nos enseña lo siguiente:

Elimina todo lo que no tenga relevancia en la historia. Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí.

Anton Chejov. La cita aparece en las Memorias de S. Shchukin (1911).

Así, no casualmente, la pelota era un arma como también lo era la pistola de Chejov: ¡El demiurgo de la vida había colocado un arma en el capítulo 6 para que fuera usada en el capítulo 44! ¿Cuántas cosas más ha colocado en el pasado para ser utilizadas en el futuro?

Pero querría hacer una pausa aquí. Y es que hay que decir que, de todas las pistolas de Chejov que en el mundo han sido, hay una que tiene reservado un lugar en el Olimpo: El Pollo de Goma de Monkey Island.

Homenaje al Pollo de goma de Monkey Island

The Secret of Monkey Island fue una aventura gráfica lanzada por Ron Gilbert en 1990, y es considerada por mí (y muchos otros) como uno de los grandes hitos de la cultura occidental. Cuenta las aventuras del aprendiz de pirata Guybrush Threepwood en su afán por convertirse en un famoso pirata y, más tarde en el desarrollo de la aventura, el rescate de su amada gobernadora Elaine Marley, secuestrada por el malvado pirata fantasma LeChuck. Amigos: gran parte del motivo por el que ahora estoy aquí dándoles la murga, escribiendo y leyendo sin parar, es haber cruzado mi camino, en mis años más sensibles, con esta obra maestra2¿Monkey Island como pistola de Chejov en mi vida?. Por favor, si no han jugado a este juego háganlo ahora mismo. Es posible adquirirlo a día de hoy. Este juego sintetiza lo que es la literatura, lo que es la aventura, lo que es ese lugar ameno que habita en nuestras mentes y donde reside la auténtica felicidad.

Pues bien: entre los miles de detalles que merecen ser glosados, brilla con particular fulgor el pollo de goma con la polea en medio. Sí, queridos lectores. Helo aquí, ecce pullum:

Este objeto rivaliza en importancia histórica con el Estandarte Real de Ur.

Y eso que, al igual que El halcón maltés, el pollo de goma con la polea en medio está hecho del material de que se forjan los sueños:

El material con el que se forjan los sueños.

El pollo de goma con la polea en medio era un extraño objeto que encontrábamos en la casa de la sacerdotisa vudú de Mêlée IslandTM, y que más tarde encontraba su finalidad en la vida usándose, sobre una tirolina, para alcanzar la Isla Hook:

Llegó el momento.

Y no solo eso: el pollo de goma habría de encontrar otros usos vitales en la aventura que no desvelaré para evitar spoilers innecesarios3Ya desvelé suficientes spoilers aquí.. El pollo de goma con la polea en medio es, pues, el paradigma de la pistola de Chejov, de un modo increíble. Nunca muestres un pollo de goma con una polea en medio en el primer capítulo, si no le vas a dar un buen uso en el tercero.

¿No sucede a veces que encontramos el equivalente a un pollo de goma en nuestra vida, algo (o alguien) cuya presencia inicial es extraña o inesperada, o incluso incómoda, pero que más tarde se revela si no como un elemento crucial, al menos como la chispa que nos empuja a iniciar un cambio?

Events, my dear boy

Naturalmente uno siempre puede argumentar, a toro pasado, que todo estaba ahí por un motivo. Conocí a una persona, profundamente católica, que adoraba al emperador Constantino por haber sido quien dio fin a las persecuciones a los cristianos en el imperio e instauró la libertad de culto. Y, sobre todo, por ser el primer emperador que tuvo la suficiente sensatez como para convertirse al cristianismo4Aunque este punto está lejos de ser probado. Sentía que era gracias a este emperador que podía profesar su fe cristiana en el siglo XXI.

Sin duda esto es cierto. Pero no por la manera en la que lo decía, que parecía implicar que sin el edicto de Constantino tendría que practicar, aún hoy en día, su fe en la clandestinidad. Parece dudoso esperar que si el cristianismo no hubiera salido de las catacumbas habría una iglesia católica diecisiete siglos después (o al menos con el poder que ha gozado en la historia). Más bien parece que el cristianismo habría quedado sepultado, como el culto de Mitra o como otras tantas creencias que no encuentran su eco en los siglos. Y esta persona no sería cristiana, sino una obediente y fervorosa seguidora de la religión o ideología que hubiera prevalecido hasta la actualidad. Y leería sobre el cristianismo como quien lee hoy sobre el mitraísmo, como una curiosidad histórica. Dudo que, a partir de estas hipotéticas lecturas, se convenciera y abandonara su religión para abrazar un culto arcaico extinguido hace más de un milenio.

Los hechos del futuro son causa de los del pasado, claro está; pero hay para quien parece que la causalidad funciona en sentido contrario y el pasado solo está ahí para que se llegue al futuro que conocemos. Determinismo puro.

Y es que a veces basta un evento accidental para cambiar la historia. Un pequeño cambio en las condiciones iniciales para generar un resultado descomunalmente distinto. Un buen ejemplo es el duelo de principios de los ochenta entre los formatos de vídeo Beta y VHS, en que una competición encarnizada, inicialmente de resultado incierto, se acaba desequilibrando por una fluctuación mínima en las condiciones iniciales. Hay muchos ejemplos: cuántas veces las vidas son el resultado de eventos completamente aleatorios. La propia vida, desde la misma concepción, lo es. Y hay multitud de ejemplos en la historia.

Ah, el arma de Chejov. Cómo queremos dar significado a todo. Qué arraigado está el platonismo en nuestras mentes5Quizá porque es la base del cableado de nuestro cerebro, como ya argumenté aquí.. Qué difícil se le hace a nuestra cabeza aceptar el enorme peso que el azar tiene en nuestras vidas. Pocas veces se ha explicado mejor esto6Y lamento que el artículo se esté convirtiendo en una cuestión de pelotas. que en el comienzo de Match Point (2005) de Woody Allen:

Y encima con Caruso.

Harold MacMillan, primer ministro del Reino Unido entre 1957 y 1963, fue preguntado en una ocasión sobre cuáles habían sido los mayores problemas a los que se había enfrentado durante su mandato. «Events, my dear boy, events», fue su respuesta. Los eventos. Aquello que no está en la hoja de ruta, ni siquiera como un riesgo remoto. Los unkown unknowns, que dijo de manera muy brillante (aunque inicialmente fue objeto de mucha burla) Donald Rumsfeld. Hay cosas que sabemos que sabemos, cosas que sabemos que no sabemos, y cosas que no sabemos que no sabemos. Y estas últimas son las jodidas.

Lo que no sabemos que no sabemos.

Cómo nos gusta planificar pensando que el futuro va a resultar inamovible; pero cuántas veces los eventos trastocan nuestros planes. A veces son eventos geopolíticos los que nos pasan por encima. A nosotros, pobres individuos. Y otras, sucesos meramente aleatorios que trastocan toda una vida. Vidas que, si no hubiera pasado algo en esa décima de segundo, serían completamente distintas.

Así, algo que hace que tenga en más estima a Marco Aurelio que a otros pensadores es que fue un gobernante. Y por tanto que se tuvo que enfrentar a eventos. Y qué eventos. En contraste con su precursor Antonino Pío, quien tuvo un imperio mucho más tranquilo, Marco Aurelio tuvo que lidiar con rebeliones en varias partes de su territorio, conflictos militares en Asia, Germania, Galia y el Danubio, así como otros hechos controvertidos como las persecuciones a los cristianos que se desataron durante su reinado. Y, en su segunda etapa como gobernante, enfrentarse a una epidemia de peste. Y es que es muy distinta la teoría de la práctica, es muy distinto filosofar en la torre de marfil, o pasarse quince días y quince noches discutiendo sobre el vocativo de ego como los rétores Gabundus y Terentius7El Nombre de la Rosa, Cuarto día, después de completas. que dirigir el imperio más grande de la Tierra. Parece increíble pensar cómo esas líneas (las de las Meditaciones) que leo muchas noches antes de dormir fueron escritas «en el tumulto de un campamento militar»8Gibbon, Historia de la decadencia y caída del imperio romano, 1788. por un emperador que se preparaba para la batalla del día siguiente.

En las propias Meditaciones, Marco Aurelio desvela como el primer libro lo escribió en medio de una campaña militar en la actual Eslovaquia:

Escrito entre los cuados, en las riveras del Gran.

Marco Aurelio, Pensamientos para mí mismo. Final del Libro Primero. Traducción de Joaquín Delgado.

Vean de qué manera sublime el gran Richard Harris refleja en Gladiator (2000) las contradicciones a la que se enfrentaba un hombre que, según Gibbon, «detestaba la guerra como la mayor desgracia y la vergüenza de la naturaleza humana».

Documento gráfico del siglo II.

Uno hace planes y los eventos te pasan por encima. Esto siempre me recuerda a una de las escenas finales de Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002), en que la pelea a muerte entre las dos facciones rivales que pugnaban por el control de los Five Points acaba siendo interrumpida (y aniquilada) por la irrupción del ejército, que había entrado en la ciudad para sofocar los (por otra parte no relacionados con la lucha entre las bandas) draft riots que tuvieron lugar en 1863, en el marco de la guerra de secesión. Atención, spoiler en el vídeo.

Yo era Nueva York.

Por lo tanto, queridos lectores, a mí el principio dramático de la pistola de Chejov no me termina de convencer. Me recuerda a lo peor que tienen las aventuras gráficas: que si no están bien llevadas, se convierten en una sucesión de «coge un objeto en la pantalla 4 para usarlo en la 57». Es desazonante pensar que todo está puesto ahí con un propósito, como si viviéramos en el cuadriculado y extraño universo laplaciano de Doce monos. No es así. La vida es, para mí, mucho más cercana a la descripción que de ella se hace en Macbeth:

La vida… es un cuento

contado por un idiota, lleno de ruido y furia,

que no significa nada.

William Shakespeare. Macbeth, Acto V, Escena V.

Por eso me gusta incluir en mis novelas elementos extemporáneos, casuales, aleatorios, callejones sin salida que no llevan a nada. Dejar múltiples armas sin disparar. Y dejar muchas otras disparadas, pero sin que se entere el lector despistado. Y que, de todas formas, la historia fluya. Como la vida.

Y confesaré una cosa más. Me alegra ver cuando al final de una aventura gráfica, como sucede de hecho en Monkey Island, hay objetos que sobran, cosas que estaban ahí sin ningún sentido. Pollos de goma sin utilidad y sin propósito.

Como podría de hecho estar la Tierra, o el propio Universo.

Y es que, después de todo, y como dijo Wilde, «todo arte es completamente inútil».

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