02/10/2022

Somos monos y nuestro destino son las estrellas

El mito de la caverna de Platón está tan incrustado en nuestros cerebros que no morirá nunca. Ese símil antiquísimo, aparentemente pueril, parece producto de una religión arcaica y obsoleta: nosotros, humanos, vivimos encerrados en una caverna, y lo que vemos como realidad no es más que la sombra que proyecta la auténtica realidad sobre las paredes de la caverna. Solo los más sabios son capaces de darse la vuelta y ver la realidad tal cual es; pero regresan deslumbrados de ese descubrimiento, y son tomados por locos por los que aún siguen mirando mirando las sombras y pensando que es lo real.

La caverna de Platón, por Jan Saenredam (1604)

Y sin embargo es un hallazgo sorprendente, descomunal. Quizá la intención de Platón era plantear su propia teoría sobre el mundo, pero lo que estaba haciendo era describir la manera en que funciona nuestra cabeza, aquello que en última instancia nos ha hecho triunfar como especie. La conceptualización. La creación de una realidad ajena al ser humano que es la que nos impulsa a seguir adelante. La generación de una narrativa externa a nosotros que da sentido a nuestras vidas.

Esa idea de que hay algo que nos trasciende, algo que es verdadero más allá de nosotros, es la base de nuestro progreso como especie. En su famosísimo libro Sapiens, Harari propone la tesis de que es la construcción de historias lo que hace al ser humano moderno (homo sapiens) imbatible como especie. Un grupo de 30 monos en una habitación acaba causando un guirigay, pero los sapiens somos capaces de organizarnos porque somos capaces de crear historias. Llamémoslas naciones, llamémoslas religiones, llamémoslas estado, destino, patria, democracia, revolución o marcas comerciales. Según esta tesis, indudablemente atractiva para quienes somos aficionados al arte de narrar, somos monos que crean historias para trascenderse a sí mismos.

Devolved parliament, por Banksy (2009)

En mis años pasados en que me dediqué a la investigación en Física Teórica tuve ocasión de enfrentarme al platonismo en sucesivas ocasiones. El sueño de cualquier físico teórico es desentrañar los misterios de la naturaleza. Observen cómo nuestro propio lenguaje está preñado del platonismo: la naturaleza tiene por ahí escondidas una ecuaciones y es nuestra tarea desentrañarlas (como si tuviéramos alguna tarea, por otro lado). Vuelve el mito de la caverna. Y claro, si están las ecuaciones en algún sitio, deben estar escritas en mármol. Es nuestra tarea formalizar nuestros hallazgos para darles la forma más eterna posible.

Y así surge el método científico en el siglo XVII, que acaba generando la ilusión de que el universo sigue nuestras ecuaciones. Amigos: las matemáticas no son más que un lenguaje, acaso el más puro que existe. Diríamos más: las matemáticas, las leyes lógicas, no son sino una descripción del cableado de nuestro cerebro. ¿Por qué la naturaleza debe seguirlas? Vuelvo a otro tema que traté (en un sentido distinto, allí hablando de la precisión en el lenguaje) en una entrada anterior: las matemáticas son cuantificación, y son la herramienta óptima para la ciencia. Sin la cuantificación, sin el método, sin la herramienta matemática, la ciencia patina, desbarra, y se convierte en fantasía. Pero siempre es bueno no perder de vista que la ciencia no puede dar nunca la verdad absoluta, sino la verdad hasta un margen de error. Y que esta verdad va cambiando, evolucionando, según se progresa. Qué desasosegante fue ver, en el momento más oscuro de la pandemia, lo difícil que resultaba esto de entender para tanta gente. La ciencia es nuestra herramienta. No es la verdad. Pero es esta herramienta, construida a base de ensayo y error y en pequeños pasos, la que nos llevará a las estrellas (si no nos destruye antes, claro). 

Y así sucedió con la revolución cuántica, cuando aprendimos que la naturaleza decididamente no sigue nuestras leyes lógicas. Es cierto, hay que deformar nuestra lógica para entenderlas, y volvemos a formalizarlas. Sí, sí. Pero ya no es lo mismo. Ya no son las ecuaciones de Newton, ya no es el principio de Mínima Acción, ya no es el demonio de Laplace. Y, sin embargo, funciona. No estarías leyendo esto en tu ordenador o tu móvil sin la mecánica cuántica, si la naturaleza siguiera las leyes que dicta el cableado de nuestro cerebro. Y veremos lo que nos queda por descubrir. El día en que nos topemos con una civilización extraterrestre sí que se van a tambalear bien nuestros cimientos.

La gorila Fatou del zoo de Berlín, por Iwon Blum

Recuerdo como en mi experiencia científica, en la que tuve la inmensa fortuna de tratar con algunos de los físicos teóricos más importantes del mundo, me sorprendió enormemente cómo eran muchas veces los más brillantes los que discutían más con las manos. Razonamientos cutres, intuitivos, carentes de formalidad. Piensen en el rayo de luz de Einstein curvándose en un ascensor. Somos monos. Así avanzamos. Dando golpes a una piedra a ver qué pasa.

Pero vamos avanzando como especie, y alcanzaremos las estrellas. Porque el progreso es un continuo de dos procesos que se retroalimentan: el proceso creador, que es simiesco e intuitivo, casi primitivo, y el proceso formalizador, que es el que convierte la herramienta primitiva del mono en algo complejo y con aspiraciones de eternidad. El ser humano debe formalizar para dar robustez a nuestro pensamiento, para darle sofisticación, para que el siguiente mono se pueda apoyar en su andamiaje inmenso y pueda progresar. De no ser así estaríamos eternamente dando vueltas sobre lo mismo (como de hecho sucede con nuestras vidas privadas, en las que sí que partimos de cero, pero ese es otro tema). Pero el pensamiento del mono siempre será manual, directo, desprejuiciado. Incluso insolente. Natural, en una palabra. Decía Poincaré que la geometría es el arte de razonar con figuras mal hechas (frase cuyo conocimiento debo a mi padre). 

Y lo que se aplica a la ciencia se debe aplicar también a cualquier campo humano. Y a la propia construcción de nuestra civilización. Qué frágil es todo, a pesar de su apariencia solemne e inabarcable. Cuánto pensé en esto en los drámaticos primeros compases de la pandemia, cuando parecía que el mundo (el mundo externo, y también mi mundo interior) se derrumbaban en pedazos, y parecía que después de aquello no quedaría más que ruina. No quiero pensar lo que debe ser una guerra. La democracia, los gobiernos, el sistema internacional de pagos, la red (difícil creerlo ahora, pero hace treinta años apenas existía), la cultura, las grandes corporaciones, los poderes en la sombra, el conocimiento científico. Todo son extensiones de las herramientas del mono.

Qué buena manera de sintetizar esta idea es el comienzo de 2001, una odisea del espacio, de Kubrick. El mono lanza su herramienta (un hueso) al aire, y esta se convierte en una nave espacial:

De monos y naves espaciales

Es interesante notar que esa herramienta, que era la primera muestra de su salto cualitativo hacia lo humano, había sido usada previamente para asesinar a otro compañero. Y esto nos lleva a la escena de Simón del desierto de Buñuel: lo primero que hace el hombre manco al que Simón, por medio de un milagro, devuelve sus manos, es darle un sopapo a su hija por preguntar.

La herramienta primera

Somos monos y nuestro destino son las estrellas. Nuestra hambre como especie nunca se apagará, por un motivo muy claro: somos mortales. Y nuestro tiempo, el tiempo de cada uno como individuo, se acaba. Ese tiempo que nos consume, y la ansiedad que produce el no poder hacer nada por evitarlo, es la gasolina que nos llevará a las estrellas.

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