02/10/2022

La máquina del tiempo en la Comuna de París

Últimamente estoy leyendo sobre revoluciones. Por motivos largos de explicar en estos momentos (y ninguno de ellos es montar mi propia revolución) ando en busca de material de primera mano, escritos de testigos directos que me transmitan en primera persona lo que pudo ser la convulsión, el miedo y la sensación de salto al vacío que pudieron experimentar quienes vivieron estos dramáticos eventos. Y, particularmente, quienes los vivieron sin haberlos propiciado. Atrapados por la Historia.

Llevado por esta búsqueda ha caído en mis manos La Comuna de París. Diario del sitio y la Comuna de París (1870-1871) de Edmond de Goncourt (excelente edición de Pepitas de Calabaza). Se trata de un extracto de los diarios que el escritor realista llevó durante el año que va desde el 26 de junio de 1870 al 20 de junio de 1871.

Pasen y vean

El libro se abre con la desgraciada muerte de su hermano Jules a los cuarenta años. La sensación de desamparo que sobreviene entonces a Edmond es desgarradora: Jules mantenía una íntima relación con su hermano, y ambos compartían la redacción de estos diarios (en los que, hasta ese momento, daban cuenta de la vida social y literaria de París). Y es en medio de esta profunda desazón cuando, a los pocos días, Francia declara la guerra a Prusia. El dolor íntimo amplificado por el dolor de una sociedad.

La Historia se despliega ante sus ojos

Pronto se revela como una guerra desastrosa para Francia: el emperador Napoleón III se pone al frente de sus ejércitos, solo para ser hecho prisionero por los prusianos en Sedán. Francia se rinde ante Prusia tras dos meses y medio de contienda, pero el pueblo de París se niega a aceptarlo y se instaura la III República. Ante la inexistencia de lo que consideraba una autoridad competente para negociar, Bismarck inicia el sitio de París. Tras cuatro meses de durísimos bombardeos y penalidades se acaba negociando el armisticio en el propio Versalles. Allí también se había proclamado una semana antes el II Reich. Este cúmulo de vejaciones lleva a una sucesión de revueltas en París (y otras ciudades) que desencadena la proclamación de la Comuna, el primer gobierno proletario de la Historia.

Esta experiencia revolucionaria (un sueño para unos y una pesadilla para otros, entre los que se encuentra Goncourt) durará solo setenta días. El gobierno provisional de la República, liderado por Thiers, dirige desde Versalles un durísimo ataque a la Comuna, a la que acaba venciendo; seguirá un periodo de durísima represión. El volumen cierra en la entrada del 20 de junio, justo un año después de la muerte de Jules. Ese día lo pasa Edmond, melancólico, reuniendo los artículos necrológicos que se han dedicado a su hermano en el aniversario de su pérdida.

El relato de este año vertiginoso tiene lugar desde la frescura e inmediatez de las páginas de un diario. Esto significa (perdón por la obviedad) que lo que se relata tuvo lugar el mismo día en que se escribió. Se da la circunstancia de que Goncourt era un curioso impenitente. Edmond pasa sus días transitando por París, hablando con la gente, mirando con sus propios ojos a la Historia, que se despliega literalmente ante sus ojos. El resultado es de una extraordinaria viveza.

Columna de la Place Vendôme, 1871

Sufre con la derrota de Francia; sufre con el sitio de París, que parece castigar especialmente a su barrio. Intenta aislarse, cuidando de su jardín, del horrible sonido de los obuses prusianos. Nos relata cómo van desapareciendo todos los víveres de la ciudad o cómo la carne de caballo le produce terribles pesadillas. Ante el surgimiento de la Comuna manifiesta su profundo descontento, que se convierte en horror ante el decreto por el que, por su edad, puede ser llamado a filas en defensa de Comuna.

Pero nada lo detiene. Su curiosidad le mueve a la calle, a la vida, que nos muestra en toda su claridad. Pasa su tiempo deambulando por París, en busca de nuevas noticias. Se desenvuelve con habilidad, sin desvelar su filiación política, y traza un retrato agudo y enormemente vivo de todo lo que ve.

Porque Goncourt es un excepcional escritor, curtido en el realismo, lo que hace que haya tenido la sensación de estar viendo lo que sucedía con la claridad no ya de un cinematógrafo, que aún no existía, sino diría casi de una máquina del tiempo. Me cuesta recordar algún libro en el que haya tenido la misma sensación.

Este libro contiene la vida. De la misma manera que la contienen las pinturas de Renoir. De la misma manera que la contienen las películas de Renoir.

Apariciones de viejos conocidos

Especialmente grata resulta la aparición estelar de varios escritores que cobran vida delante de nuestros ojos. Qué curioso es encontrárnoslos de repente, por medio de Goncourt, como quien se encuentra un vecino cuando bajamos a comprar el pan, enfrentándose a las miserias en las que la Historia los ha puesto. Qué lejos de las estanterías donde estamos acostumbrados a verlos.

Théophile Gautier (referido por Goncourt cariñosamente como Théo) vuelve a París en medio la debacle para cuidar de sus hermanas, y se queja de sus problemas económicos y de las penurias por las que tiene que pasar. Victor Hugo aparece varias veces, siempre como un maestro venerable. En una de las ocasiones Goncourt va a visitarle a su casa «en mitad de un decorado incierto de otro tiempo». Más adelante, durante la Comuna, se lo encuentra por la calle, con un nieto de la mano.

Verlaine se aparece de pronto como jefe del departamento de prensa de la Comuna, a quien buscan sin éxito para intentar conseguir un salvoconducto para un amigo de Goncourt. Más tarde, en otro momento, declara que ha debido combatir una propuesta de acción que reclamaba la destrucción de Notre Dame (!). Incluso Flaubert se permite un cameo al final, volviendo a París en busca de material para Las tentaciones de San Antonio, mostrando (muy apropiadamente) una concentración total en su tarea y pasando por alto el enorme cataclismo que la ciudad (¿la Historia?) ha sufrido. Lamenté que Baudelaire hubiera muerto en el 68, cuánto me habría gustado verlo también revivir en estas páginas.

Lean este libro. Pasen por alto las adscripciones ideológicas del autor, si les inquietan. Es un excepcional documento de una época concreta, y una manera magistral de hacer literatura.

Y, para mí, por encima de todo, una máquina del tiempo terriblemente barata.

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