26/09/2022

Marco Aurelio y los dioses que bailan

En mi momento más oscuro de 2020, que fue también el momento más oscuro de mi vida, traté de buscar consuelo en los libros. No lo encontré en la Biblia: de poco me servían promesas sobrenaturales cuando había una evidencia real de que uno de los pilares de mi vida había desaparecido en poco menos de un mes. Necesitaba que alguien me explicara cómo vivir a partir de entonces.

Así que me dirigí al siguiente candidato obvio: Marco Aurelio y sus Meditaciones. Permítanme aquí un brevísimo inciso biográfico. Marco Aurelio fue el último de los llamados Cinco emperadores buenos del Imperio Romano (junto con Nerva, Trajano, Adriano y Antonino Pío), gobernó del año 161 al 180 d.C. También llamado el emperador filósofo, es mundialmente famoso por el libro que menciono arriba: un compendio de reflexiones, imbuidas en la filosofía estoica, que llevó a cabo en los últimos diez años de su vida. 

Marco Aurelio Antonino. Museo del Louvre. Foto de Marie-Lan Ngouyen.

Pues bien: su efecto en mí fue aún peor. La Biblia me ofrecía soluciones basadas en una esperanza futura en algo incierto (y sobrenatural). Marco Aurelio me ofrecía recetas prácticas, sí, pero del siguiente estilo:

He aquí un hombre que ruega diciendo: «Que yo pueda conseguir que esta mujer sea mi amante». Tú dices: «Que yo pueda no desear a esta mujer como amante». Otro dice: «Que yo pueda librarme de esta carga». Tú dices: «Que yo no tenga necesidad de librarme de ella». Otro: «Que yo no pierda a mi querido hijo». Tú: «Que yo pueda no temer su pérdida». Dirige tus súplicas en ese sentido y verás el resultado.

Marco Aurelio, Pensamientos para mí mismo. Libro Noveno, Pensamiento LX. Traducción de Joaquín Delgado.

Especialmente horrible me pareció el último de los ejemplos que nos propone. Aún me lo parece ahora, cuando el tiempo ha sanado mis heridas (pero dejado la cicatriz). Ante la pérdida de una de las personas más importantes de mi vida, ¿es el distanciarse del sufrimiento una opción? Más sobre esto abajo.

Siguiendo con la búsqueda de respuestas, y ya decepcionado con los clásicos, me dirigí al libro El reino de Emmanuel Carrère. Se trata de un libro celebradísimo que trata de las aproximaciones al cristianismo del famoso apologeta de la autoficción. Pensé que podría encontrar un camino al consuelo: después de todo se trataba de una descripción de los esfuerzos de alguien no creyente por aproximarse a esta religión. Tampoco me sirvió de mucho, por cierto. Del libro solo me gustó una parte del mismo, aquella en la que describe la expansión del cristianismo en sus primeros siglos. No significó ninguna revelación existencial para mí, pero me resultó interesantísima la competencia entre el cristianismo helénico y el hebraico y cómo esta religión empezó a expandirse de la misma manera que, si me permiten, se expande un imperio o una empresa. También trata de la escritura de los primeros libros del canon, y de la construcción y establecimiento del dogma: su elucidación, que no es sino la creación del mito en el caso particular del cristianismo1Otro tema que me resulta fascinante es lo que quedó, en el último momento, fuera del dogma. Quizá por motivos arbitrarios. Porque había que elegir entre dos opciones. Porque una de ellas era más simpática. O estaba mejor presentada, pese a ser menos verdad. Porque hubo algún favor de por medio. Las ideas que optaron pero no llegaron, quedándose a las puertas. Fuera de las vidas y las creencias de los siglos posteriores. Fuera del canon. Fuera de cierto tipo de realidad. Y acaso dentro de la hoguera, o quizá solo del olvido. Quizá motivo de cismas futuros, o guerras futuras. Muertes futuras. Ideas proscritas y heréticas en el último segundo. Pero esto es tema para otro artículo..

Estatua de Marco Aurelio, Roma. Foto de Erik Drost.

Y, curiosamente, como si fuera parte de un plan cósmico, en algún momento del libro de Carrère reaparece Marco Aurelio. No recuerdo si al traer a colación sus Meditaciones/Pensamientos o hablando de las persecuciones a los cristianos que tuvieron lugar en su época.

Inciso aquí. Aquella fue la primera vez que tuve conciencia plena de este hecho: una de las principales persecuciones de los cristianos tiene lugar durante el gobierno del emperador filósofo. Según el lugar donde se busque la información, Marco Aurelio ordenó, o propició, o toleró, o decretó leyes que favorecían, o miró para otro lado, o incluso censuró estas persecuciones. Pero lo que parece ser indudable es que tuvieron lugar (aunque su magnitud también varía en función de donde se mire). Es un tema del que probablemente hablaré en otra ocasión, en un marco más amplio. No quiero desviar la atención sobre el punto que estoy tratando en este artículo, aunque sí creo necesario mencionar que el contraste entre las meditaciones serenas y estoicas del emperador y la existencia de estas persecuciones me generó una repulsión hacia el personaje que solo ahora, con el tiempo, encuentro cómo matizar. Cierro paréntesis.

El libro de Carrère, pues, incidía en cómo la filosofía estoica, de la que Marco Aurelio bebía en gran medida, se basa en una actitud fundamental: la ataraxia. La ataraxia es la total ausencia de agitación, de deseos y temores. Revisen la cita de más arriba. Si no deseo nada, si no temo nada, nada me puede perturbar. Nada me puede vencer. Pero Carrère añadía una anécdota que me llamó poderosamente la atención, y me dio la clave de la incomodidad que me generaban sus escritos (aun en ausencia de las persecuciones): la ataraxia da nombre a un ansiolítico, el Atarax, del que Carrère declara haber tomado grandes dosis a lo largo de su vida. Por un lado, muy bien. La filosofía de Marco Aurelio funciona como un fármaco que nos libera del sufrimiento vital. Es pura medicina en formato literario.

Pero por otro lado se me hizo absolutamente insatisfactorio: ¿es posible que la única manera de enfrentarme al dolor que sentía en aquel momento es anularlo como lo anula un fármaco? ¿Es la única solución, ante uno de los momentos más dramáticos de mi vida, el tratar de ningunear las causas del sufrimiento? La ataraxia es, pues, peor que el Atarax: con el fármaco anulo la raíz química del sufrimiento. Fair enough: me importa, me destroza, pero no puedo con ello yo solo. Necesito ayuda. Un bálsamo, por favor. Pero con la ataraxia anulo la importancia del sufrimiento. No hay química, o si la hay es a través de mi esfuerzo mental. Pasa necesariamente por que yo relativice sus causas. Del no se puede hacer nada solo hay un paso hacia el me importa una mierda. O peor aún: me debería importar una mierda.

Y di otra vuelta más al argumento. ¿No es la ausencia de empatía de lo que adolecen los psicópatas? Y, ¿no está esta ausencia de empatía infinitamente cerca de la ausencia de sentimiento? «Que yo no pierda a mi querido hijo» vs «Que yo pueda no temer su pérdida». ¿Seguro? Voy a vivir poco tiempo. Lo sé, y este trance por el que estoy pasando me lo está certificando. ¿Debo vivir sin sentir? ¿No se trata exactamente de lo contrario? 

El juntar este razonamiento de lo psicopático con las persecuciones que sucedieron durante su gobierno me hizo retirar a Marco Aurelio de mi lista de lectura por bastante tiempo. Por suerte encontré pronto otras lecturas más afines a la manera en que me sentía. Más del tipo “jamás creería en un dios que no supiera bailar.”

El emperador filósofo. Foto de Bradley Weber.

Pero debo decir que recientemente me he reconciliado con el viejo emperador. Es posible que no sean aptas sus enseñanzas para enfrentarse a sucesos drásticos como el que tuve que vivir. O quizá solo no fueron aptas para mí. Pero últimamente las estoy encontrando muy útiles para lidiar con la vida diaria. Con las infinitas maneras en que problemas nimios nos impiden disfrutar. Con las tensiones que se derivan del trabajo, o de las relaciones sociales, y que parecen que hacen temblar al mundo (pero en realidad solo hacen temblar nuestra salud y nuestro bienestar). Con los miles de pequeños marrones que en realidad, en realidad, no tienen ninguna importancia, y nos impiden disfrutar de lo que es la vida: un tiempo corto, precioso, que debemos intentar apreciar y valorar, pues es limitado y puede acabar cualquier día. 

Continuará, creo.

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