20/05/2024

Marco Aurelio y los dioses que bailan

En mi momento más oscuro de 2020, que fue también el momento más oscuro de mi vida, traté de buscar consuelo en los libros. No lo encontré en la Biblia: de poco me servían promesas sobrenaturales cuando había una evidencia real de que uno de los pilares de mi vida había desaparecido en poco menos de un mes. Necesitaba que alguien me explicara cómo vivir a partir de entonces.

Así que me dirigí al siguiente candidato obvio: Marco Aurelio y sus Meditaciones. Permítanme aquí un brevísimo inciso biográfico. Marco Aurelio fue el último de los llamados Cinco emperadores buenos del Imperio Romano (junto con Nerva, Trajano, Adriano y Antonino Pío), gobernó del año 161 al 180 d.C. También llamado el emperador filósofo, es mundialmente famoso por el libro que menciono arriba: un compendio de reflexiones, imbuidas en la filosofía estoica, que llevó a cabo en los últimos diez años de su vida. 

Marco Aurelio Antonino. Museo del Louvre. Foto de Marie-Lan Ngouyen.

Pues bien: su efecto en mí fue aún peor. La Biblia me ofrecía soluciones basadas en una esperanza futura en algo incierto (y sobrenatural). Marco Aurelio me ofrecía recetas prácticas, sí, pero del siguiente estilo:

He aquí un hombre que ruega diciendo: «Que yo pueda conseguir que esta mujer sea mi amante». Tú dices: «Que yo pueda no desear a esta mujer como amante». Otro dice: «Que yo pueda librarme de esta carga». Tú dices: «Que yo no tenga necesidad de librarme de ella». Otro: «Que yo no pierda a mi querido hijo». Tú: «Que yo pueda no temer su pérdida». Dirige tus súplicas en ese sentido y verás el resultado.

Marco Aurelio, Pensamientos para mí mismo. Libro Noveno, Pensamiento LX. Traducción de Joaquín Delgado.

Especialmente horrible me pareció el último de los ejemplos que nos propone. Aún me lo parece ahora, cuando el tiempo ha sanado mis heridas (pero dejado la cicatriz). Ante la pérdida de una de las personas más importantes de mi vida, ¿es el distanciarse del sufrimiento una opción? Más sobre esto abajo.

Siguiendo con la búsqueda de respuestas, y ya decepcionado con los clásicos, me dirigí al libro El reino de Emmanuel Carrère. Se trata de un libro celebradísimo que trata de las aproximaciones al cristianismo del famoso apologeta de la autoficción. Pensé que podría encontrar un camino al consuelo: después de todo se trataba de una descripción de los esfuerzos de alguien no creyente por aproximarse a esta religión. Tampoco me sirvió de mucho, por cierto. Del libro solo me gustó una parte del mismo, aquella en la que describe la expansión del cristianismo en sus primeros siglos. No significó ninguna revelación existencial para mí, pero me resultó interesantísima la competencia entre el cristianismo helénico y el hebraico y cómo esta religión empezó a expandirse de la misma manera que, si me permiten, se expande un imperio o una empresa. También trata de la escritura de los primeros libros del canon, y de la construcción y establecimiento del dogma: su elucidación, que no es sino la creación del mito en el caso particular del cristianismo1Otro tema que me resulta fascinante es lo que quedó, en el último momento, fuera del dogma. Quizá por motivos arbitrarios. Porque había que elegir entre dos opciones. Porque una de ellas era más simpática. O estaba mejor presentada, pese a ser menos verdad. Porque hubo algún favor de por medio. Las ideas que optaron pero no llegaron, quedándose a las puertas. Fuera de las vidas y las creencias de los siglos posteriores. Fuera del canon. Fuera de cierto tipo de realidad. Y acaso dentro de la hoguera, o quizá solo del olvido. Quizá motivo de cismas futuros, o guerras futuras. Muertes futuras. Ideas proscritas y heréticas en el último segundo. Pero esto es tema para otro artículo..

Estatua de Marco Aurelio, Roma. Foto de Erik Drost.

Y, curiosamente, como si fuera parte de un plan cósmico, en algún momento del libro de Carrère reaparece Marco Aurelio. No recuerdo si al traer a colación sus Meditaciones/Pensamientos o hablando de las persecuciones a los cristianos que tuvieron lugar en su época.

Inciso aquí. Aquella fue la primera vez que tuve conciencia plena de este hecho: una de las principales persecuciones de los cristianos tiene lugar durante el gobierno del emperador filósofo. Según el lugar donde se busque la información, Marco Aurelio ordenó, o propició, o toleró, o decretó leyes que favorecían, o miró para otro lado, o incluso censuró estas persecuciones. Pero lo que parece ser indudable es que tuvieron lugar (aunque su magnitud también varía en función de donde se mire). Es un tema del que probablemente hablaré en otra ocasión, en un marco más amplio. No quiero desviar la atención sobre el punto que estoy tratando en este artículo, aunque sí creo necesario mencionar que el contraste entre las meditaciones serenas y estoicas del emperador y la existencia de estas persecuciones me generó una repulsión hacia el personaje que solo ahora, con el tiempo, encuentro cómo matizar. Cierro paréntesis.

El libro de Carrère, pues, incidía en cómo la filosofía estoica, de la que Marco Aurelio bebía en gran medida, se basa en una actitud fundamental: la ataraxia. La ataraxia es la total ausencia de agitación, de deseos y temores. Revisen la cita de más arriba. Si no deseo nada, si no temo nada, nada me puede perturbar. Nada me puede vencer. Pero Carrère añadía una anécdota que me llamó poderosamente la atención, y me dio la clave de la incomodidad que me generaban sus escritos (aun en ausencia de las persecuciones): la ataraxia da nombre a un ansiolítico, el Atarax, del que Carrère declara haber tomado grandes dosis a lo largo de su vida. Por un lado, muy bien. La filosofía de Marco Aurelio funciona como un fármaco que nos libera del sufrimiento vital. Es pura medicina en formato literario.

Pero por otro lado se me hizo absolutamente insatisfactorio: ¿es posible que la única manera de enfrentarme al dolor que sentía en aquel momento es anularlo como lo anula un fármaco? ¿Es la única solución, ante uno de los momentos más dramáticos de mi vida, el tratar de ningunear las causas del sufrimiento? La ataraxia es, pues, peor que el Atarax: con el fármaco anulo la raíz química del sufrimiento. Fair enough: me importa, me destroza, pero no puedo con ello yo solo. Necesito ayuda. Un bálsamo, por favor. Pero con la ataraxia anulo la importancia del sufrimiento. No hay química, o si la hay es a través de mi esfuerzo mental. Pasa necesariamente por que yo relativice sus causas. Del no se puede hacer nada solo hay un paso hacia el me importa una mierda. O peor aún: me debería importar una mierda.

Y di otra vuelta más al argumento. ¿No es la ausencia de empatía de lo que adolecen los psicópatas? Y, ¿no está esta ausencia de empatía infinitamente cerca de la ausencia de sentimiento? «Que yo no pierda a mi querido hijo» vs «Que yo pueda no temer su pérdida». ¿Seguro? Voy a vivir poco tiempo. Lo sé, y este trance por el que estoy pasando me lo está certificando. ¿Debo vivir sin sentir? ¿No se trata exactamente de lo contrario? 

El juntar este razonamiento de lo psicopático con las persecuciones que sucedieron durante su gobierno me hizo retirar a Marco Aurelio de mi lista de lectura por bastante tiempo. Por suerte encontré pronto otras lecturas más afines a la manera en que me sentía. Más del tipo “jamás creería en un dios que no supiera bailar.”

El emperador filósofo. Foto de Bradley Weber.

Pero debo decir que recientemente me he reconciliado con el viejo emperador. Es posible que no sean aptas sus enseñanzas para enfrentarse a sucesos drásticos como el que tuve que vivir. O quizá solo no fueron aptas para mí. Pero últimamente las estoy encontrando muy útiles para lidiar con la vida diaria. Con las infinitas maneras en que problemas nimios nos impiden disfrutar. Con las tensiones que se derivan del trabajo, o de las relaciones sociales, y que parecen que hacen temblar al mundo (pero en realidad solo hacen temblar nuestra salud y nuestro bienestar). Con los miles de pequeños marrones que en realidad, en realidad, no tienen ninguna importancia, y nos impiden disfrutar de lo que es la vida: un tiempo corto, precioso, que debemos intentar apreciar y valorar, pues es limitado y puede acabar cualquier día. 

Continuará, creo.

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3 comentarios en «Marco Aurelio y los dioses que bailan»

  1. Un artículo denso y muy estimulante, que toca muchas fibras sensibles y muchos conceptos que pueden tener interpretaciones diferentes, muchas veces ambiguas!

    Los estoicos comparten muchos principios con la filosofía oriental (sobre todo con la filosofía budista), aunque un contexto histórico y cultural tan distinto ha llevado a tener, en las dos tradiciones, un clima generalmente diferente. Personalmente, aprendo siempre mucho de la perspectiva estoica, pero sigo sintiéndome poco afín a ciertos extremos, o quizás a la forma demasiado tajante de plantear los conceptos. Desde luego, apoyo casi integralmente la tradición meditativa oriental, que conozco también mucho mejor, y es desde esta perspectiva que me parece interesante hablar del concepto de “aceptación”.

    Es un concepto que, como a menudo ocurre en estos campos, es difícil explicar con palabras, porque necesita conceptos adicionales, y sobre todo, es algo que necesita pasar por una “experiencia”. Es decir, es un concepto que, además de ser “entendido” tiene que ser “sentido”, a través de una experiencia personal.

    Antes que nada, es importante saber que “aceptación” no es “resignación”. Cuando me resigno no estoy conforme. Cuando acepto, estoy sencillamente reconociendo que las cosas son, por el momento, como son. Si quiero hacer un picnic y llueve, puedo resignarme (lo cual conlleva tristeza, insatisfacción, sentido de injusticia y decepción) o aceptarlo (entender que el tiempo atmosférico no se puede controlar, que no obra adrede en contra de mí, y que si hoy llueve puedo hacer otra cosa que no sea un picnic, que dejaré para un día de sol).

    Aquí viene el segundo paso: aceptación no quiere decir no sentir emociones. También en este caso, quiere decir solamente aceptarlas. Estoy enfadado o triste, y lo acepto. Y vivo aquellas emociones. Lo que no hago, en la aceptación, es añadir una carga supletoria de rumiaciones, de rencor, de desesperación. Para llegar a esto es necesario separar el “dolor” (o sea, las consecuencias físicas o psicológicas de un daño) del “sufrimiento” (la desesperación que yo añado por miedo, rencor, desilusión, etc.). El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. El dolor se asocia a un evento real y actual, el sufrimiento es una bola de emociones que yo mismo creo internamente. Es desde aquí que yo interpreto el ejemplo hiperbólico de Marco Aurelio: se muere mi hijo, voy a sentir todo el dolor del mundo, lo acepto, pero no le añado sufrimiento. Lo cual tampoco hay que tomárselo al pie de letra: siendo el sufrimiento en general mucho más dañino que el dolor en sí mismo, aunque uno no consiga eliminarlo del todo, con que lo disminuya en cierta medida ya es un gran logro, a lo largo de una vida.

    Desde luego, nada que ver con un psicópata. Un psicópata no siente. Sin embargo, en el caso de la aceptación, uno se permite sentir cualquier emoción, buena y mala. Además, en la tradición budista, esta aceptación es siempre compasiva: una empatía que, en lugar de hacerme sentir mal por el mal del otro, me motiva a ayudarle, me provoca una respuesta positiva asociada a la posibilidad y a la ilusión de hacer algo para que este sufrimiento disminuya. Justo lo opuesto a un psicópata.

    Finalmente, la diferencia importante, fundamental, con los fármacos. Un fármaco es un apaño químico, que simula una respuesta de mente y cuerpo. Simula. Sin embargo, la meditación permite llegar a una respuesta natural y duradera de mente y cuerpo. Y esto no es trivial: el entrenamiento mental (la meditación) te permite superar la dificultad, superar el desequilibrio, mientras que el fármaco te permite tolerarlo y, por ende, te impide superarlo, y te lo llevas contigo para siempre, silenciándolo y ocultándolo día tras día. El fármaco es una excusa para no superar, para seguir sufriendo, para no trabajar tus capacidades, para no crecer. La meditación es un camino personal, de crecimiento y desarrollo, mientras que un fármaco es la excusa para no hacer ningún camino, y seguir aguantando en el pozo. Pero claro, un camino personal implica intención, voluntad y compromiso. Un compromiso cotidiano. Por ende, requiere dedicación, y tiempo. Un fármaco, sin embargo, pone un parche en pocos minutos, sin tener que hacer mucho más que pagar y tragarlo. De aquí el éxito incondicional de los ansiolíticos, en una sociedad que sufre una pandemia crónica de estrés, ansiedad y depresión.

    Dejo aquí el enlace a un artículo sobre temas bastante relacionados:

    https://www.jotdown.es/2022/09/sobrehumanos/

  2. Estoy de acuerdo que la máxima histórica de el estoico Epicteto «no nos afecta lo que nos sucede sino lo que nos decimos sobre ello», se puede aplicar «para lidiar con la vida diaria».
    Pero a veces nos suceden cosas, por ejemplo pérdidas de «vida o muerte» que suponen dolor y parece que en nuestra especie (y en las de otros animales) ese dolor es inevitable, no se puede eludir. La psicología habla entonces de «Procesos de duelo».

    1. Muy de acuerdo contigo, Soledad. Sin ser experto en psicología, ni mucho menos, me parece que cuando entramos en un proceso de duelo tiene poco sentido intentar obviar ese dolor o negarlo. O decidir que no se tiene que sufrir por ello, ya que nada se puede hacer.

      Es un proceso de aceptación del hecho por el que se debe pasar para poder seguir viviendo, una vez pasado, de una manera sana. Y recordando a esa persona perdida como se merece.

      Gracias por tu comentario.

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