26/09/2022

Doce monos, el mito de Casandra y los bucles en el tiempo

Dicen que Casandra, sacerdotisa de Apolo, fue condenada con la maldición de ver el futuro y, al mismo tiempo, no ser creída al avisar de los horrores que estaban por llegar. Así, sus predicciones serían tomadas por los desvaríos de una loca, y solo serían comprendidas cuando estos vaticinios se hicieran realidad: ya demasiado tarde. Este sobrecogedor mito griego ha tenido varias adaptaciones en la cultura moderna, pero ninguna es tan fascinante como Doce monos.

Cassandra, por Henrietta L. Palmer (1859)

Doce monos (1995), dirigida por el ex-Monty Python Terry Gilliam, es una película sorprendente y poliédrica: película de locos, película de terroristas, película ecologista, película del fin del mundo (por medio de una pandemia provocada), película de viajes en el tiempo. No teman por los spoilers: todo esto se revela en los primeros compases de la cinta.

El punto de partida de Doce monos es la película francesa La Jetée, de 19621Esto no es ninguna sorpresa, se confiesa en los propios títulos de crédito. Si les apetece hacer un rodeo y disponen de media hora, véanla. O vuelvan cuando terminen este artículo. Y, si pueden, vean una película inmediatamente después de la otra. Es especialmente recomendable. Y no se molesten en buscar en YouTube: aquí les facilito el link.. Es fascinante ver cómo de esta materia prima (una historia muy nouvelle vague, deliciosamente retro en su estética de diaporama, que nos presenta el mundo después de un ataque nuclear que destruye París) se construye Doce monos, que no es un remake sino una expansión orgánica, el florecimiento en muchas direcciones de una historia que ya era muy buena.

Doce monos sucede en Filadelfia, que es la más siniestra de las ciudades americanas2También sucede en Filadelfia El sexto sentido, muy apropiadamente. También con Bruce Willis, por cierto.. En un futuro que es una ciudad nevada y vacía, un extraño apocalipsis fantasmagórico donde los animales salvajes campan a sus anchas sobre los edificios góticos de lo fue un día la ciudad del amor fraternal. Los pocos humanos que han sobrevivido al fin del mundo solo pueden vivir bajo tierra, ya que la atmósfera exterior es un hervidero de gérmenes que imposibilita la vida humana. La vida en 2035 es una distopía desquiciada con extraños toques steampunk en la que, sin embargo, se ha conquistado el secreto de los viajes en el tiempo.

La película comienza con una horrible visión del mundo postapocalíptico, deshabitado de humanos, que Willis recorre en busca de muestras de los gérmenes asesinos. Una Filadelfia invernal poblada de animales selváticos; un mundo de calles solitarias y ominosas de las que el ser humano desapareció de repente, dejando tras de sí un vacío de árboles de navidad que ya nadie quitará, y de carteles anunciando unas rebajas que ya no acabarán nunca. Son imágenes terribles, y a la vez inquietantemente poéticas. Vean:

Bruce Willis es James Cole, un prisionero en ese mundo de pesadilla encomendado (a cambio de su libertad) con la misión de viajar al pasado (1996) para encontrar el virus original, y así posibilitar que los científicos del futuro/presente puedan encontrar una cura. Se cree, en 2035, que este virus fue liberado por un extraño grupo llamado el Ejército de los Doce Monos. Mientras, Cole es atormentado por un extraño sueño que tiene lugar en un aeropuerto y del que recuerda claramente el rostro de una mujer.

La película, como digo, es una mezcla de géneros que funciona a la perfección, imbuida en un lenguaje visual espectacular: la visión de los animales salvajes por la ciudad, el contraste brutal entre un futuro/presente que parece soñado y un presente/pasado siniestro y desesperanzado, la cabeza de cerdo que retrotrae a El señor de las moscas, la presencia constante de dibujos animados de los 50 que añaden una capa de desasosiego pero también de narrativa, ya que parecen estar sincronizados con lo que está sucediendo en la realidad (y suman por tanto a la duda de que todo sea una alucinación de Willis)…

Y las escenas del manicomio, que son particularmente demenciales: los ángulos desquiciados, la presencia de juegos y osos de peluche, la actuación descontrolada y excesiva (pero adecuada) de Brad Pitt, pintores andando sobre zancos, guardianes leyendo noticias sobre niños vampiro…

Cabe pensar, durante muchas partes de la película, que James Cole/Bruce Willis está realmente loco. Que todo lo que estamos viendo no es sino un desvarío, una alucinación. Estamos presenciando en directo, a la vez desde dentro y desde fuera, la agonía de Casandra. Como se dice en la propia película: Casandra sufre el horror de saber lo que va a pasar, y la impotencia de no poder hacer nada por evitarlo.

Pero la enorme importancia de la estética en esta cinta no se limita a estos puntos estelares: también se revela en detalles mucho más sutiles. Por poner un ejemplo: la visita a los años 90 es muy años 90, y me resulta magnífico la finura con que se recupera la estética de 1991… ¡en 1995! Es increíble que el cambio estético que tuvo lugar en esos escasos años (y del que hablo tangencialmente aquí) se pueda captar de esa manera tan exacta mediando solo cuatro años3Mi apuesta es el sutil cambio en las corbatas, en la luz (mucho más ochentera en las partes que representan el año 91) y en la presencia del tabaco, que desaparece casi completamente en las escenas del año 95..

El puerto seguro y los profetas viajeros

Y luego tenemos el personaje de la Dra. Kathryn Railly, maravillosamente interpretado por Madeleine Stowe. Stowe representa la serenidad, el ancla que une a Bruce Willis con la realidad, el puerto seguro. Y no es extraño: ¡después de todo es su psiquiatra! Pero también es la única persona del presente/pasado que acaba creyendo a James Cole. She is beginning to believe, que dirían en Matrix, pero también se sugiere que podría estar presa de un síndrome de Estocolmo. La película nos pone continuamente en la tesitura: ¿estamos viendo el mundo a través de los ojos de un loco? ¿O es cierto aquello que ve Bruce Willis? El aspecto estrafalario y casi teatral del futuro, así como la falta de claridad sobre cómo se producen los viajes en el tiempo, parecen apostar por la primera teoría. Que Bruce Willis se encuentra en un estado de divergencia mental, como L.J. Washington en el vídeo de arriba. «Estoy loco y ustedes son mi locura», llega a decir. Sin embargo, según avanza la película, aparecen cada vez más pruebas empíricas de que esto no es así.

La Dra. Railly no es solo una psiquiatra: acaba siendo una experta en el síndrome de Casandra. Lo estudia como psiquiatra, sí, pero acaba especializándose en profetas, en todos aquellos que predijeron los horrores del futuro y nadie los creyó. Empieza estudiando la enfermedad mental, pero acaba estudiando a los oráculos del pasado. ¿De dónde vienen estos?

La película presenta una atrevida tesis: que todos los profetas son, en realidad, viajeros del futuro. Contemporáneos de Bruce Willis, sus antecesores en la misión que no fueron capaces de llevar a cabo. Y presenta varios ejemplos, desde un profeta de 1362 hasta el propio James Cole. Incluso un tipo que parece salido de la escena de los profetas de La vida de Brian4Después de todo, Terry Gilliam, director de Doce monos, es miembro de los Monty Python. En concreto, el primero de los profetas que aparecen en el vídeo del enlace. grita a Bruce Willis: «¡Eres uno de los nuestros!»

En cualquier caso, era normal que el destino de Bruce Willis al llegar a 1991 fuera un manicomio. Después de todo, viajar en el tiempo debe ser bastante estresante. Así lo mencionan en la película de La Jetée, donde escogen al protagonista para los viajes en el tiempo por su fortaleza mental, y por su capacidad de fijar su mente en una imagen del pasado. Y asimismo se elige a Bruce Willis por su fortaleza, calificando a los viajeros anteriores como «gente inestable». Y también lo sabemos por la magnífica serie Dark, de la que hablaré algún día5Si tengo huevos, claro. Se trata de la obra culmen sobre viajes en el tiempo, pero es de una complejidad extraordinaria. Entre otras muchísimas cosas, nos muestra los efectos perniciosos que sobre alguien puede tener el pasarse el día viajando en el tiempo. Como mínimo, acabar con la cara quemada..

Un hallazgo que me parece magnífico es cómo la transición entre una época y otra viene señalada al menos en dos ocasiones por la muestra de una pintura que infunde tranquilidad y equilibrio. La ciudad ideal de Fra Carnevale para viajar de 2035 a 1991, o el Valle de Yosemite de Albert Bierstadt para volver de 1996 a 2035. Y sería aún menos estresante si su aparición no viniera acompañada de una estridente versión de Blueberry Hill a cargo del grupo de científicos steampunk que mueven a Bruce Willis por el tiempo.

Albert Bierstadt. Yosemite Valley (1868).
La estructura del Tiempo en Doce monos

(Atención: se me hace casi imposible hablar de lo siguiente sin caer en algún spoiler. Avisados quedan.)

Y luego, el tiempo. Resulta fascinante analizar cómo es el tiempo en Doce monos. O, mejor aún: qué es el tiempo.

Doce monos (y aquí el spoiler) transcurre en un universo determinista, predestinado, donde todo sucede porque tenía que suceder, donde las acciones de los viajeros en el tiempo son parte de la finísima estructura que hace que todo sea como tenía que ser.

Piensen que esto es justo lo contrario que sucedía en Regreso al futuro. Allí, Michael J. Fox viajaba a la época en que se conocían sus padres, y accidentalmente su madre se enamora de él, haciendo peligrar su propia existencia: tiene que luchar duro para conseguir que las cosas vuelvan a ser como habrán de ser. Cualquier intromisión puede hacer peligrar el futuro, o incluso crear universos paralelos. El tiempo allí, es, por tanto, una entidad extremadamente frágil.

Pero esto no sucede en Doce monos. Aquí el futuro es determinista, y el tiempo de una robustez extraordinaria. Y es tan robusto en su materialidad que permite la existencia de bucles en el tiempo. O, dicho de otra manera, permite que el tiempo no tenga necesariamente una dirección definida. Un ejemplo: la propia idea de la destrucción de la humanidad proviene de la advertencia de Bruce Willis: es un bucle temporal. Sin el viaje de Bruce Willis no se produciría la pandemia, pero sin la pandemia no se produciría el viaje de Bruce Willis. No es sencillo distinguir qué es la causa y qué es la consecuencia. No existe un pasado original en el que no estuviera Bruce Willis. Todas las acciones y pensamientos de todos los personajes son parte de un todo perfecto, en el que las piezas que lo construyen van cayendo unas sobre otras, irremisiblemente. En un eterno retorno de lo idéntico. Es un tiempo que niega la libertad.

Así, el tiempo es casi, podemos decir, una dimensión estática. El pasado, el futuro, siempre serán los mismos. Repetidos eternamente, en un ciclo que se enreda sobre sí mismo, porque hay quien salta de un punto a otro del tiempo, pero nunca cambia nada. Los personajes están en un punto del espacio y del tiempo, y nunca podrán elegir estar en otro distinto, a pesar de su capacidad de saltar entre épocas. No cabe la rebelión en esta estructura física inapelable. No caben las teorías de muchos universos, donde la decisión de un alma rebelde divide la historia en estructuras paralelas, como en Regreso al futuro. Todo sucede, infinitas veces, como tenía que suceder. La historia es un ente perfecto, esculpido en mármol, diseñado con tiralíneas. Como el cuadro de Fra Carnevale con que la película nos traslada de 2035 a 1991:

Fra Carnevale. La ciudad ideal (c. 1482). Así es el tiempo en Doce monos.

Y este hecho se aprecia en la cinta repetidas veces. Bruce Willis advierte a los doctores de que ellos son el pasado. «No puedo salvarles, eso ya ha ocurrido», les dice. «No veo más que muertos», comenta en otra ocasión. Y, más tarde, en la escena en el cine, cuando Cole y la Dra Railly están viendo Vertigo, Cole menciona que la película es siempre la misma (vean el vídeo, por favor). Por lo tanto, aunque Bruce Willis tiene la idea de encontrar la muestra del virus, «volver al presente» y luego al pasado y salvar al mundo, aunque esa no era la tarea que le habían encomendado los científicos, pronto le quedará claro que nunca será posible. Siempre habrá algo que hará que el futuro, y el pasado, sean irremisiblemente invariantes. No hay, en realidad, pasado ni futuro: Bruce Willis vive en una eterna rueda que se repite indefinidamente. Eternamente6Si les gusta este tema, sepan que la física clásica predice, en el hipotético caso de un viaje al pasado, exactamente eso. Les invito a que investiguen sobre la paradoja de Polchinski con las bolas de billar. Este artículo de la Wikipedia lo resume..

Y, finalmente, la aparición del virus. Esos tubos aparentemente vacíos e inoloros, pero llenos de muerte. Cuánto me impactaron esos tubos cuando vi la película por primera vez, en aquel lejano 1995. Ese vacío invisible y mortal. Y no sabía lo que estaba por venir.

Recuerdo que, cuando se estrenó, había quien me hablaba de Doce monos como de una «peli de locos». Me pregunto ahora, a la luz de todo lo que llevamos vivido en estos locos años 20, si no será Doce monos una Casandra en sí misma.

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