02/10/2022

Festival del spoiler: mis finales favoritos

Ah, el spoiler… ese tabú, ese pecado mortal de las críticas, de las reseñas, de las amigables conversaciones entre cervezas. Se debe evitar, a toda costa, el revelar más de la cuenta de la trama de una película o libro: de otra manera arruinaríamos la experiencia del espectador o del lector.

Y, sin embargo, cuánto arte tienen algunos finales. Y no me estoy refiriendo a la conclusión bien culminada de una historia, sino exactamente a la escena final, incluso a los títulos de crédito finales, que redondean la historia y nos dejan pensando, deleitándonos como después de un gran postre. O noqueados sin remisión, a veces de por vida.

¡Pero no se debe hablar de ellos! Salvo aquí. Porque me propongo, queridos lectores, glosar varios de mis finales favoritos. Sin piedad, en toda su gloria. Como un vulgar pornógrafo del spoiler.

Hablaré de algunos, no de todos. No conozco todos, evidente y afortunadamente (para mí). Tendré a bien evitar los spoilers puros: la revelación de un final que explica toda una obra. No aparecerán por tanto el de El sexto sentido, ni el de El planeta de los simios, ni el de Don’t look now1Por lo tanto, ¡corran a ver estas películas si no lo han hecho, antes de que otro con menos piedad que yo se las arruine!. Quiero centrarme en aquellos finales que me han marcado de por vida.

Y me centraré en el cine y alguna serie, por hacer la entrada más visual. Aunque no me resisto a citar algunos de mis finales literarios favoritos, como el de El bello verano de Pavese:

–Vamos donde tú quieras –murmuró Ginia–. Llévame tú.

O el de El jugador de Dostoievski:

¡Mañana, mañana todo habrá terminado!

O el de Cien años de soledad, de García Márquez:

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

O el de Preocupaciones de un cabeza de familia, de Kafka:

Desde luego, no hace daño a nadie; pero la idea de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa.

O, por supuesto, el de Un mensaje imperial, también de Kafka2Probablemente mi obra favorita, por cierto. Duración total: dos páginas.:

Pero tú te sientas frente a tu ventana y te lo imaginas al caer la noche.

Así que advertidos quedan: A partir de aquí comienzan los spoilers. Si ven algo que no querrían haber visto, la culpa es enteramente suya. ¿Qué esperaban?

Los finales clásicos

Empezaré con finales clásicos, y en particular con el final por antonomasia. El final de esa obra maestra de la improvisación que fue Casablanca (1942) de Michael Curtiz nos deja fantaseando extasiados con las futuras aventuras que habrán de vivir, a partir de entonces, Claude Rains y Humphrey Bogart:

Añado la versión doblada3Se trata de la versión doblada moderna, lo que le da este tono extemporáneo que resulta tan incómodo (a pesar de ser un doblaje excelente). El doblaje original, mucho más auténtico, ocultaba que el personaje de Rick había estado involucrado en la guerra civil española del lado republicano. Recordemos que la película es del año 1942, en plena segunda guerra mundial y a tres años del fin de la guerra civil española. para que nadie se pierda este momento casi místico de la Historia (y no solo del cine):

Otro de los finales clásicos es el absolutamente espectacular y surrealista de Con faldas y a lo loco (1959), de Billy Wilder. Segunda mejor traducción de un título en inglés al castellano (título original: Some like it hot). Aquí les dejo con el doblaje de la época:

Y ya que hemos citado a la segunda mejor traducción de un título en inglés, ¿por qué no ir a la primera? Se trata de Centauros del desierto (1956), que vino a mejorar infinitamente el The searchers de la versión original). El tío Ethan (John Wayne) regresa, después de cinco años de búsqueda, con su sobrina, que había sido raptada por los indios cuando era una niña. La inmensa elipsis que sigue al regreso del tío Ethan es una de las muestras de la maestría del gran John Ford, aquel tipo que declaró «me llamo John Ford y hago westerns».

Y, ya que hablamos de finales clásicos y puertas cerradas, cómo no citar el de la película que cambió la historia del cine, hasta tal punto que es posible distinguir a simple vista si una película fue rodada antes o después de ella: El padrino (1972), de Francis Ford Coppola. Su escena final es la perfección:

Y qué decir del final de El tercer hombre (1949), de Carol Reed. La película que contiene la maravillosa escena de Orson Welles y el Renacimiento italiano:

Acaba de esta gloriosa manera:

Y hablando de clásicos: Clint Eastwood, el último clásico vivo, nos regaló en 1992 Sin Perdón, el western crepuscular por antonomasia. Una película que empezaba así:

y terminaba con el mismo plano, con la misma música, Claudia’s theme, compuesta por el propio Eastwood, y con esta maravillosa leyenda:

Some years later, Mrs. Ansonia Feathers made the arduous journey to Hodgeman County to visit the last resting place of her only daughter.

William Munny had long since disappeared with the children…some said to San Francisco where it was rumored he prospered in dry goods.

And there was nothing on the marker to explain to Mrs. Feathers why her only daughter had married a known thief and murderer, a man of notoriously vicious and intemperate disposition.

Varios años más tarde, la señora Ansonia Feathers emprendió un arduo viaje hasta el condado de Hodgeman para visitar el lugar de descanso de su única hija.

William Munny había desaparecido desde hacía tiempo con sus hijos. Algunos dijeron que fue a San Francisco, donde se rumoreaba que había prosperado con el comercio de telas.

Y no había nada en aquella tumba que pudiera explicar a la Sra. Feathers por qué su única hija se había casado con un conocido ladrón y asesino, un hombre de un carácter tan notoriamente violento.

Esa imagen a contraluz del pobre chamizo en que vivía Munny y estaba enterrada su joven esposa Claudia, la música y el contenido y poético texto, sintetizan para mí la dureza y la belleza del oeste y me resultan enormemente conmovedoras. Es literatura de la buena.

De amores, terrores y eternidades

Y ya que hablamos de Clint Eastwood, otro de sus finales magistrales es el de Los puentes de Madison (1995), que podéis ver aquí. Se trata de una escena completamente desoladora: el tipo de recuerdo que se arrastra hasta que uno muere. El cómo la vida habría podido ser distinta, y nunca lo será ya.

Está, indudablemente, entre las mejores escenas que ha dirigido. Como mínimo. 

El dejar colgada una historia de amor en su cénit, que bien puede ser en su inicio (o incluso antes de su inicio) es algo que también supo capturar Sofia Coppola en el final de Lost in Translation (2003). La increíblemente sutil y acertada historia de amor entre Bill Murray y Scarlett Johansson en Tokio, que termina con un susurro:

Quizá sea lo mejor.

Me refiero a que lo mejor de una historia de amor sucede, muchas veces, en su comienzo o justo antes de su comienzo. Pocas películas reflejan mejor esto que Revolutionary Road (2008), de Sam Mendes, una de mis películas favoritas (y de la que tarde o temprano hablaré en la sección Las películas de mi vida). Esta película, protagonizada (al igual que Titanic) por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, fue malignamente descrita en su estreno como lo que habría pasado si el Titanic no se hubiera hundido. Maldades aparte, creo que es desde su título una obra maestra, y termina con una escena terriblemente cínica:

Efectivamente, la eternidad es un tiempo horriblemente largo. Que se lo digan a Jack Nicholson en el final de El resplandor (1980), de Stanley Kubrick. Capturado para siempre en una fiesta del 4 de julio de 1921:

El cine de terror nos presenta, también, finales para el recuerdo. Como el inquietantísimo final de Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock:

O el de The Wicker Man (1973), de Anthony Shaffer, la obra maestra del folk-horror. Otra de mis películas predilectas (y la preferida por Christopher Lee de entre cuantas había participado):

Y es que los sacrificios humanos, en un entorno folclórico/pagano, dan para mucho. Véase también el (muy relacionado) final de la reciente y también terrorífica Midsommar (2019), de Ari Aster, que nos demuestra que para hacer una película de terror no hace falta refugiarse en la oscuridad, y que los hechos más horrendos pueden darse a plena luz del día:

O el final de la magnífica The Witch (2015) (o mejor: The VVitch), de Robert Eggers, que también tendrá su sitio en Las películas de mi vida. Bastante de su final está rodado en lenguaje enoquiano, por cierto.

Y, hablando de brujas, nada mejor que el final de The Blair Witch Project (1999), de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez. Un falso documental que, en su día, se presentó como verdadero.

El final como liberación

Thelma y Louise (1991), dirigida por Ridley Scott, es una hermosa road movie sobre dos mujeres que huyen de todo lo que la vida había construido para ellas. La huida siempre es hacia adelante, y su final deja claro en qué lado se encuentra la auténtica libertad:

En un sentido parecido, Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), una de las obras maestras de Milos Forman, establece la metáfora entre la vida ordenada y un manicomio. Y nos muestra las dos maneras de salir de ella:

En la misma línea, pero al contrario, se manifiesta el final de Trainspotting (1996), de Danny Boyle. Aquí no habla de liberación, sino de encarcelamiento. El personaje que deja la heroína para entrar en la vida organizada piensa estar dejando atrás, irónicamente, su libertad. Mismo mensaje pero recorrido en sentido contrario.

Y relacionado con este mundo de la heroína, pero presentado de una manera mucho menos cool: el llamado cine quinqui nos mostró en toda su gloria cómo era el mundo marginal de la España del fin de la dictadura y el principio de la democracia. Un mundo al que aludían muy de refilón otras películas de la época, como relato aquí. Un mundo sórdido y nada agradable de mirar, pero no exento de su épica. Una serie de películas dejaron testimonio claro de cómo era aquel mundo. De ellas, quizá la más conocida y premiada fue Deprisa, deprisa (1981), de Carlos Saura. Su final es otro de mis predilectos, pues captura la esencia de cómo fue aquel Madrid. Esas hogueras en los descampados, junto a los niños jugando y con el fondo de Si me das a elegir, de Los Chunguitos, es pura historia de mi ciudad.

Pero el final definitivo entendido como una liberación proviene de la película más filosófica jamás rodada: El show de Truman (1998), de Peter Weir. Véanlo, no tiene desperdicio:

Otro tipo de liberación la proporciona la expiación: aquí podemos ver el casi-final (pues después todavía queda otra escena) de la extremadamente mítica película de John Huston El hombre que pudo reinar (1975), con Sean Connery y Michael Caine. Todo lo bueno que pueda llegar a ser dicho de esta cinta es poco, créanme. Vean:

Y, en el colmo de la expiación, la película expiatoria por excelencia: El club de la lucha (1999), de David Fincher. Una película que solo funciona en trayectoria ascendente y que tiene un final digno de todo su metraje. La apoteosis del a tomar por culo:

Y, ya que estamos, reconozcámoslo. Que el final de la película coincida con el fin del mundo es bastante apropiado. El mejor ejemplo de esto es la hermosa Melancholia, de Lars von Trier:

Canciones míticas y mundos que desaparecen

Sin salirnos del mundo de Lars von Trier, llegamos al final de Dogville (2003). Después de una inquietantísima y poderosa película encubierta tras la inocente apariencia de una obra de teatro, von Trier nos enfrenta cara a cara a la realidad más cruda de la pobreza en Estados Unidos a través una impactante serie de fotos, acompañadas por el Young Americans de David Bowie:

Y otro de los mejores usos de una canción para un final es el de la apoteósica serie Breaking Bad (2008-2013), de Vince Gilligan. La serie, que narra la transición vital del protagonista Walter White desde Mr Chips a Scarface (según el objetivo confeso de su creador), es una de las mejores series de la historia. No solo eso, ha sido elogiado como uno de los mejores manuales de negocios que existen por The Economist (lean aquí el artículo traducido al español por Luis Fernando Rodríguez). La serie está llena de simbolismo: el nombre de Walter White parece derivarse del de Walt Whitman, y el protagonista usa el nombre en clave de Heisenberg, por el famoso físico teórico, uno de los creadores de la mecánica cuántica4Heisenberg fue, de hecho, la primera persona en crear un formalismo coherente para la mecánica cuántica. Lo extraño es que este formalismo estaba basado en la altísimamente no intuitiva mecánica de matrices. Posteriormente fue Schrödinger quien creó un formalismo mucho más intuitivo basado en funciones de onda y probabilidades, que ofrecen al menos una suerte de continuidad con la física clásica. Este desarrollo primigenio de Heisenberg es, para mí, uno de los hechos más enigmáticos de la historia de la ciencia.. El final es digno del auge y caída de White; para él se resucitó la canción My Baby Blue (1971) del grupo Badfinger5Badfinger fue el grupo con más éxito de los que grabaron con Apple Records, la discográfica fundada por los Beatles. Si exceptuamos, claro, a los propios Beatles. Me parece interesante señalar que la canción Without you, popularizada por Nilsson y posteriormente por Mariah Carey, es, en realidad, una composición original de Badfinger., de enorme simbolismo dado el color azul que era la imagen de marca de la metanfetamina de Heisenberg.

Otra serie mítica cuyo final estuvo a la altura fue la soberbia Mad Men (2007-2015), de Mathew Weiner. En esta maravilla se retrata el despiadado mundo de la publicidad en el Nueva York de los años 60. Al final de la serie, el inefable Don Draper, en una crisis de identidad, se refugia en una comuna hippie tratando de encontrarse a sí mismo. Y lo que encuentra, aparentemente, es inspiración para el más exitoso de los anuncios. Puro cinismo, como no podía ser de otra forma.

Sobre la película Doce monos (1995), de Terry Gilliam, hablo extensivamente en este otro artículo. Su final nos retrotrae a la película francesa La Jetée (1962), de Chris Marker, y es el preludio de un desastre que acaba con casi toda la humanidad. Pero para mí lo más dramático es la música que elige Gilliam para poner fin a la cinta: What a Wonderful World, de Louis Armstrong.

Utilizar What a Wonderful World para elogiar la belleza del mundo es algo que ha hecho también la magnífica serie Dark (2017-2020) de Baran bo Odar y Jantje Friese. Aunque sea de la manera más extraña posible, aunque esta belleza se manifieste de una forma extremadamente retorcida. Después de todo Sic mundus creatus est… Así es como se deshace un bucle temporal6De nuevo, no es la ultimísima escena de la serie. Pero casi.:

Por cierto que un mundo que desaparece es el de Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese: el mundo entre medieval, circense y pesadillesco (pero aparentemente auténtico) de las bandas del Nueva York de 1850-1860 que acaba siendo arrasado por la modernidad que supone la guerra de secesión y los cambios que se derivan de ella. Su final explicita este mensaje (que por otra parte permea toda la película) con una mutación de la ciudad desde los 1860 hasta el momento anterior a la caída de las Torres Gemelas (el año de producción de la cinta no es casual):

Mi final favorito

Y dejo para el final mi final favorito. Aquel que, en apenas tres minutos, contiene prácticamente todo. La relación del padre y el hijo, la fatalidad, la vida y la muerte. El mundo que se acaba y el que no volverá. La historia. Madrid. En ruinas. La música. La fotografía. La dirección. Ambos actores, pero sobre todo la actuación escalofriante de Agustín González. Y un guión impecable, adaptado de la obra maestra de Fernando Fernán-Gómez, de la que no modifica lo esencial.

El final de Las bicicletas son para el verano (1984), de Jaime Chávarri.

Y, bueno. Poco más que añadir. Sin duda se me olvidan muchos. Quizá haga una segunda parte. Alguna vez.

Y no olviden que si han llegado hasta aquí, ha sido bajo su entera responsabilidad. Estaban avisados.

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