10/06/2024

Siete canciones que me han obsesionado alguna vez (I)

Diría, sin tener ni idea, que la parte del cerebro que se usa para la música es muy distinta de la que se usa para las historias. Podemos escuchar canciones una y otra vez, pero no queremos escuchar la misma historia repetida más de dos veces. Al menos cuando somos adultos.

De hecho, el secreto de un historia es que sea nueva y sorprendente, pero el secreto de una canción es muchas veces el contrario: que la hayamos oído repetidamente. Y, a ser posible, que en esa repetición se hayan pegado como al velcro nuestros recuerdos más queridos.

Pues es cierto que, aunque hay eventos de nuestra vida que pueden estar íntimamente unidos a una película o un libro, nada captura mejor los resortes de la memoria, nada rescata con más fidelidad un recuerdo de los abismos de la mente que la canción adecuada.

Ni con más violencia.

Y es que, a pesar de su dificultad, pocos artes hay más primarios que la música. Ningún otro arte es más dado a generar obsesión que esa caprichosa sucesión de ondas de presión que se propagan por el aire y resuenan contra nuestros tímpanos. Van directas de nuestra oreja a lo más profundo del subconsciente. Como un maldito misil.

Enséñenle un cuadro (incluso uno de Pollock) a un perro, a ver qué pasa. Pero pónganle a Mozart. Verán.

La música es, así, más dada a la obsesión que ninguna de las artes. Y quería compartir con ustedes no algunas de mis canciones preferidas, pues las preferencias cambian con el tiempo y son probablemente irrelevantes.

Pero sí aquellas que, a lo largo de mi vida, han conseguido generarme una etapa de obsesión. Porque creo que todas ellas han influido en mi persona y en mi escritura. Y porque creo que los motivos que me han llevado a obsesionarme con ellas podrían, si es que les gusta este blog, coincidir con los suyos.

The House of the Rising Sun

Si hay una canción que me ha obsesionado a lo largo de mi vida esa es, sin duda, The House of the Rising Sun. Desde que la oí por primera vez en la versión de The Animals, cuando tenía dieciséis años, quedé impresionado por la oscuridad de su música y la magnética voz de Eric Burdon. No reparé entonces en lo poderoso de su letra:

The House of the Rising Sun. Versión de The Animals (1964).

Durante al menos un año fue para mí una más de las muchas canciones que se me revelaron en mi despertar al rock. Una de las preferidas, sin duda, pues se adecuaba muy bien a mi gusto; pero una más, al fin. Hasta que la realidad detrás de esta canción se me fue revelada por mi profesor de inglés, hoy fallecido: un inglés que era un gran amante de la música de los sesenta y los setenta.

«Otro buen grupo son The Animals», dije, un día que conversaba con él sobre los grupos de su juventud. «Sobre todo The House of the Rising Sun».

«No», me corrigió. «Esa canción no es de The Animals. Es una canción tradicional del siglo XIX.»

Me quedé perplejo. Para mí, el siglo XIX era una imagen difusa de entre Dickens y Bécquer: un mundo remoto por el que sentía una vaga querencia. Podía ser traído a nosotros por el testimonio escrito de los libros, estáticos por naturaleza, o por la interpretación necesariamente fake de las películas de época, pero nunca por la inmediatez de una canción. Aquello era, de alguna forma, un pedazo de tiempo, o incluso de vida, mandado de un siglo a otro. Fue un shock.

Fue por aquella época en que triunfaba Clint Eastwood con Sin Perdón (1993), que mostraba una imagen cruda y desencantada (y probablemente realista) del oeste americano, lejana al estereotipo1Aunque más tarde hube de saber que ya otras películas del oeste se habían alejado del estereotipo, notablemente las de Sam Peckinpah y las de Sergio Leone.. Pronto en mi mente la canción y la película se unieron en un todo.

Sin perdón (1993), de Clint Eastwood. No vean este vídeo si quieren evitar spoilers.

¿Qué demonios era la Casa del Sol Naciente? El nombre, desde luego, sugiere poderosamente algo entre una casa de juego y un prostíbulo, y la temática de la canción parece ir en la misma dirección. Sobre todo teniendo en cuenta que en muchas versiones de la misma (no en la de los Animals) la protagonista es una mujer.

Anuncio publicado en 1867 en el New Orleans Picayune.

Y, aunque no hay consenso sobre si esta Casa del Sol Naciente existió como tal, o es un símbolo de todo aquello que nos lleva a la perdición, hay quien la sitúa en la calle St. Louis 826-830 de Nueva Orleans, entre 1862 y 1874. Un local regentado por una señora llamada Marianne LeSoleil Levant (y de ahí el nombre de la casa).

La canción, en cualquier caso, apesta a vida.

La Casa del Sol Naciente ha seguido en mi mente durante años, cautivándome cada vez más. Llegado un momento, en mi obsesión por encontrar las fuentes más puras de cada átomo de arte que se cruzaba en mi camino, encontré la que es la versión grabada más antigua que se conoce de la canción: la de Tom Clarence Ashley y Gwen Foster, de 1933:

The House of the Rising Sun. Versión de Tom Clarence Ashley, Doc Walsh y Gwen Foster (1933).

No me digan que no les traslada al maldito oeste. No me digan que no es un pedazo de tiempo arrancado de hace siglo y medio. Joder, esta canción data de un tiempo que estaba más cercano a la Revolución Francesa que al día en que está usted leyendo estas líneas.

Qué tal esto como cápsula del tiempo.

Pues no. Resulta que la canción es aún más antigua. Hay folcloristas que datan su origen en la Inglaterra el siglo XVI. En una canción llamada The Unfortunate Rake, en concreto, cuya similitud musical con The House of the Rising Sun es evidente. Y hay quien asegura que la Casa del Sol Naciente estaba en origen en Inglaterra, en concreto en la ciudad de Lowestoft2Vean en la entrada de la Wikipedia la referencia a Lowestoft, que no tiene desperdicio..

The House of the Rising Sun, por Ferenc Copà. Imagen realizada con Midjourney.

Sea como sea, el hechizo de una canción que sigue vivísima después varios siglos de antigüedad es evidente, y es el mismo de las historias que sobreviven durante generaciones y generaciones, y de las que hablo aquí y aquí.

Y este hechizo sigue estando presente en versiones modernas tan perturbadoras como la de Lauren O’Connell, que sirvió como banda sonora de American Horror Story – Coven. En esta temporada de la serie, dedicada a un grupo de brujas en Nueva Orleans, el matiz de poner un personaje femenino como protagonista de la canción le proporciona una nueva (e inquietante) vuelta de tuerca:

The House of the Rising Sun. Versión de Lauren O’Connell (2012).

Sin más, les dejo. Si quieren saber qué otras seis canciones han sido objeto de mi obsesión… no se pierdan futuras entradas de este blog.

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